Microrelato. La caja de Pandora

23 Abr

Feliz lectura en el día del libro:

Libros antiguos encuadernados

Libros antiguos encuadernados. Autor: James DeMers (Imagen de dominio público)

La caja de Pandora (inspirado en una historia real)

Microrelato. Autora: Samia Benaissa Pedriza

El brazo articulado del robot había extirpado del vientre del galeón hundido varias cajas de monedas de oro y plata, algunas piezas de cañones y restos de lo que parecían haber sido unos uniformes militares. El equipo encargado de las extracciones llevaba horas trabajando bajo el sol abrasador de las costas portuguesas. Afortunadamente corría algo de brisa, que hacía algo más llevadera la tarea de recuperar lo que el mar había ocultado en su seno durante más de doscientos años. Los movimientos de los buzos que supervisaban la danza acrobática ejecutada por el costosísimo autómata parecían indicar que algo fuera de lo normal estaba ocurriendo ahí abajo. John Meyers, el jefe de operaciones, podía verlo claramente en la pantalla del monitor instalado en la cubierta del Nausica.

Sin dudar dio la orden de subir a la superficie aquel objeto pesado, apenas perceptible en el visor. Los dedos mecánicos de Max asieron con destreza los extremos de aquella forma inerte y la elevaron lentamente desde el fondo del océano. Meyers no podía evitar sentir una pizca de expectación por el nuevo hallazgo. Todo lo que habían recopilado hasta entonces era un amasijo de metales informes y un puñado de monedas que iban a necesitar un exhaustivo proceso de restauración antes de poder ser sacadas al mercado. La empresa para la que trabajaba ya había sido informada de que el pabellón del buque naufragado era español. La bandera hallada entre los restos del galeón no dejaba lugar a  dudas: el barco pertenecía a la armada española del siglo XIX. Meyers sabía que convenía mantener la boca cerrada si es que querían sacar algún provecho de la operación. Todos sus esfuerzos de años por recuperar aquel tesoro bicentenario no podían caer en saco roto. No tan fácilmente.

La caja que ahora reposaba en la cubierta era de un tamaño más bien pequeño. No parecía contener cerradura alguna. Estaba cubierta por una herrumbre verdosa que apenas dejaba ver una mínima inscripción grabada a fuego que no escapó a la vista del jefe de operaciones. Se trataba de un símbolo que su impericia le impedía interpretar con rigor. Lo fotografiaría y lo enviaría al departamento de simbología de la empresa. Su trabajo no consistía en descubrir misterios, sino en encontrar tesoros tangibles. Y  a ser posible, tasables en varios cientos de millones de dólares. Sin embargo, algo mantenía despierta su curiosidad. Al depositar la caja en el suelo le había parecido escuchar un sonido hueco. ¿Pero cómo era aquello posible? La caja era un objeto compacto sin fisuras, de eso estaba seguro. Lo había comprobado él mismo.

De inmediato ordenó que un operario abriera aquel objeto de metal podrido. Macfly acudió pertrechado con la pistola de fuego que iba a desentrañar aquel pequeño misterio de una vez por todas. Un mínimo error en la fundición podía arruinar el desconocido contenido de aquella caja de Pandora, pero Meyers era un hombre experto en correr riesgos.

El fuego derretía ya la superficie de la caja. En la escuela superior había aprendido que el papel  ardía a 451 grados Fahrenheit y más tarde la experiencia le enseñó que los metales se fundían al alcanzar una temperatura superior a los 2500 grados. Meyers ordenó a Macfly que parase. El boquete en la caja había dejado a la vista algo insólito que ninguno de los presentes esperaba encontrar aquel día y en aquel lugar.

No eran más monedas, ni más balas de cañón. Era algo extraordinario que iba a cambiar la historia de la Humanidad.

**************

En la noche del 26 de marzo del año del señor de 1804, Lorenzo de Paula supo que iba a morir. Se había embarcado como polizón en el Infanta Victoria por una razón muy poderosa: salvaguardar el libro que el gran maestre de la Orden de la Rosa le había encomendado. Lorenzo era el  guardián de los libros prohibidos de la logia masónica en la que había ingresado a la edad de veinte años. Había prometido respetar los principios de la orden y proteger sus secretos incluso con su propia vida. La tierna vida que iba a entregar al mar aquella misma noche si un milagro no lo remediaba. La tormenta había provocado un incendio en la bodega del galeón. Los truenos retumbaban en sus oídos y el viento azotaba su rostro sin piedad. “Soy demasiado joven para morir”, pensó. Pero el miedo que sentía no le impidió cumplir su misión. Lorenzo era un hombre de acción, trabajaba con su padre en la herrería de la ciudad. A menudo había jugado con las espadas que los caballeros le encargaban a su progenitor, fingiendo escenas de batalla en las que siempre salía vencedor.

Lorenzo buscó entre sus pertenencias las onzas de plomo y el molde de escayola que darían forma al sarcófago protector. De principia Astronomiae no debía caer en las manos equivocadas. Los descubrimientos de Rodrigo Gonzálvez, astrónomo y masón, iban a cambiar el rumbo de la Historia, pero no de su época. El mundo en el que vivían no estaba preparado para asumir revelaciones tan profundas y al mismo tiempo, tan revolucionarias. Tendrían que ser otros seres más evolucionados los encargados de conocer los secretos del universo y de la existencia humana.

El herrero sabía que debía actuar con celeridad. De Paula ya había conseguido dar forma a la caja en uno de los hornos que aun funcionaban en la cocina. Ya casi no quedaba tiempo. Cubrió la obra con una fina capa de papel vitela y la ató con unos cordeles. Introdujo el libro en el hueco de la caja y a continuación la obturó marcando a fuego el símbolo de la orden. El barco se hundía y el agua golpeaba con violencia las paredes de la estancia abandonada. Asió con fuerza la caja y salió como pudo a cubierta. El frío era helador y le paralizaba los sentidos. De repente, una ola gigante de veinte metros de altura le embistió engullendo con avidez su frágil y asustado esqueleto. Sintió que caía al mar envuelto en un torbellino de agua que le arrastraba hacia las profundidades del océano. Lo último que Lorenzo de Paula pudo ver en su corta existencia fue la caja de plomo sumergiéndose a la par que su cuerpo en el fondo del mar.

+ info:

El tesoro del Odyssey: historia real inspiradora de este microrelato. En el año 2007 la empresa estadounidense Odyssey Marine Exploration descubrió un tesoro del siglo XIX sumergido en aguas portuguesas.  El cargamento de metales preciosos se extrajo del interior de la fragata Mercedes, un barco de pabellón español que había naufragado en el año 1804 en aguas del Atlántico. La empresa intentó ocultar información con el fin de conservar como propios los restos recuperados. En el año 2012 el Tribunal supremo de Estados Unidos reconoció el expolio cometido por Odyssey Marine Exploration y ordenó la devolución inmediata del tesoro a las autoridades españolas.

Otras historias sobre guardianes de libros:

Producción ganadora del Premio Óscar 2012 al mejor cortometraje de animación: The fantastic flying books of Mr. Morris Lessmore (Los fantásticos libros voladores del Sr. Morris Lessmore).

Dirección: William Joyce y Brandon Oldenburg. Guión: William Joyce. Música: John Hunter. Duración: 15:07 minutos

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