Microrelato. “Noche de Halloween”

31 Oct

Microrelato. Noche de Halloween

Autora: Samia Benaissa Pedriza

Noche de Halloween.

Noche de Halloween. Autor: Jackins (Imagen de dominio público)

El ruido de feria y el bullicio del público se colaban amortiguados en el interior del carromato de Madame Trouard, vidente, cartomántica  y hechicera en sus ratos libres.

–¿Qué ve en mis manos, Madame Trouard?, le preguntó la joven Romina Smith-Jones.

– Vas a tener una vida larga y dichosa, jovencita – le contestó la mujer tras acariciar la palma de su mano.

–¿A quién más le gustaría conocer su futuro? – la mujer se dirigió al grupo de adolescentes que habían acudido a su llamativa carreta aquella noche de Halloween. A las afueras del pueblo se había organizado una fiesta dedicada a niños y mayores para celebrar la noche de las brujas. Cada año por las mismas fechas, los niños recorrían las casas con la tradicional  amenaza de “truco o trato”. Más tarde, la mayoría seguía la fiesta en las atracciones de feria que las autoridades locales habían acordado instalar en el terreno colindante con los antiguos dominios de la familia Kensington.

– Jovencito, siéntate ahí y mira fijamente la bola de cristal – le conminó la mujer a un muchacho espigado de unos quince años de edad.

– Lo que usted diga, señora–  respondió Jonathan Charles Wallace, más conocido entre sus amigos como J.C. Estoy preparado para conocer mi futuro. ¿Voy a ser el nuevo John Lennon?

La adivina le dirigió una mirada tan intimidante que J.C. creyó que le había echado el mal del ojo. Pero Madame Trouard decidió proseguir con el numerito.

– Quiero que te concentres y mires ahí dentro. Si el destino lo quiere conocerás tu futuro.

J.C intentó concentrarse, incluso llegó a cerrar los ojos, pero no logró ver más que su reflejo distorsionado en el cristal transparente de aquel objeto romo. Como no quería perder la atención que Romina le estaba prestando por primera vez aquella noche después de semanas de cortejo, decidió fingir una visión.

– ¡Guau, tíos, qué pasada!. ¡He visto cómo será el futuro! Voy a ser alguien importante, de eso podéis estar seguros… Prometo acordarme de vosotros cuando sea rico y famoso.

– Venga J.C., deja de vacilarnos. No has visto nada de nada–  le espetó David Lemons, su mejor amigo y compañero de fatigas en el único instituto de enseñanza secundaria con que contaba el remoto pueblo de Lesbury.

–¡Silencio! ¿Acaso no creéis en el  poder de la magia? No deberíais tomaros mis advertencias tan a la ligera–. – Tú–  ordenó la pitonisa a Tom Williams. Quiero que ocupes el lugar de tu amigo en la mesa. Veamos que te deparará el futuro.

Tom era el más tímido del grupo. Sintió como sus orejas se encendían, adquiriendo inmediatamente el color de la grana. Intentó decirle a la mujer que no creía en esas cosas, pero la mirada penetrante de la adivina suponía todo un desafío y no supo cómo desobedecer aquella orden directa sin parecer un “gallina” ante las chicas y frente a sus amigos.

– Concéntrate, mira a través del tiempo y del espacio… Ahora dinos qué ves, jovencito.

Tom oía la voz de Madame Trouard alejada en la distancia. Sintió que se sumergía en un sueño ligero. Percibió un galope de caballos que se acercaban en mitad de la noche. Dos carruajes se aproximaron hasta el lugar donde se encontraba Tom. Dos grupos de hombres jóvenes descendieron las escalerillas de los vehículos abrigados con capas de vuelo decimonónicas. Alguien sacó de un estuche de terciopelo azul dos pares de armas de fuego, refulgentes a la luz de la luna. Dos jóvenes se separaron del resto y se acercaron al punto de referencia, lanzándose miradas de profundo desprecio. Se pusieron de espaldas y dieron quince pasos en dirección contraria. Cuando el más alto se dio la vuelta a Tom se le heló la sangre. ¡Tenía sus mismos rasgos! Vio como su oponente le apuntaba con su arma de fuego y disparaba. Sintió el roce de la bala en el aire. El doble de Tom también descargó su pistola de duelo de forma casi inmediata, rompiendo con estridencia el silencio de la noche.

Tom sintió un nudo en el estómago. Experimentaba una aguda sensación de espanto y un intenso dolor en la parte izquierda de su cuerpo. El eco de la sangre bombeada por su corazón resonaba amplificado en sus oídos. “Bum, bum. Bum, bum. Bum, bum”. Hasta que de pronto dejó de escucharlo. Su corazón había dejado de latir. El joven de la cabellera dorada había sido herido por su rival. De forma repentina, Tom tuvo la impresión de que aquella persona tan parecida a él lo estaba mirando directamente a los ojos. No pudo sostener por más tiempo su mirada. Oyó de nuevo la voz de Madame Trouard como si fuera una letanía y supo que debía despertar de aquella ensoñación.

– Dinos qué has visto, Tom. Parecías ensimismado, le preguntó Mandy White preocupada.

– En realidad, no he visto gran cosa–  mintió.

– Creo que ya es hora de irse, chicos. ¿Quién se apunta a una incursión nocturna en la vieja mansión Kensington? – propuso J.C.

-Madame Trouard, ha sido un placer, dijo David al salir del exiguo carromato de la adivinadora.

La mansión Kensington.

Los jóvenes iniciaron su particular viaje a ninguna parte. Autor: Shane Gorski (Licencia CC)

El grupo se dirigió al antiguo caserón de la familia Kensington, ahora abandonado por falta de recursos tras la desaparición del último miembro del clan de aristócratas terratenientes de Lesbury, hacía ya más de tres décadas.

Los cinco jóvenes franquearon las verjas oxidadas de la mansión en ruinas y se adentraron en la penumbra del interior de la casa. La galería de retratos les acogió amenazadoramente desde la escalera principal. Apenas se vislumbraban los rasgos de los sucesivos propietarios de aquella morada ahora en decadencia, todos unidos por lazos de sangre y dominación a través de los siglos.

Los jóvenes entraron en el salón de gala. Los muebles de la casa permanecían cubiertos desde hacía décadas por grandes sábanas blancas creando en la tiniebla inquietantes formas espectrales. David se acercó maliciosamente a Romina por detrás.

– ¡Buuh!, soy el fantasma del amo Kensington y he venido a por ti.

– Menudo susto me has dado, ¡serás idiota! –le gritó.

Romina se dio la vuelta y se alejó del opaco ventanal, cubierto en su totalidad por años de polvo y suciedad acumulada. La joven apartó los restos de lo que parecían haber sido unos opulentos cortinajes, dejando pasar al interior un rayo de luz de luna. Un lateral de la estancia quedó iluminado dejando a la vista un tramo de escaleras subterráneas apenas visible en medio de aquella oscuridad.

– David, déjala en paz. Vamos a bajar por esas escaleras, a ver a donde conducen–  ordenó J.C.

El grupo descendió por una angosta escalera de caracol hasta las profundidades de la cripta de la familia Kensington. La aprensión se apoderó de los cinco jóvenes. Sus pulmones se llenaron de aire viciado y de un denso olor a putrefacción. Ninguno osaba dar un solo paso en aquel mausoleo de tumbas centenarias. Finalmente fue Mandy White la primera que se atrevió a escudriñar las lápidas funerarias esparcidas por el suelo.

–Seréis cobardes, ¿no os da vergüenza? – se dirigió a los chicos, fingiendo seguridad.  ¿Vais a dejar que esta damisela recorra sola este lugar?

–Menuda  “damisela”… –David le murmuró a Tom al oído.

–Te he oído, David– le ladró Mandy a la cara.

J. C. aprovechó entonces para acercarse más a Romina. –Vaya noche de Halloween nos estáis haciendo pasar– le espetó Romina.

–Es la noche de las brujas y de los muertos vivientes, Romina. ¿Qué esperabas? – le contestó J.C con burla. – ¿Quién se atreve a abrir estas tumbas?

Tom comenzó a sentirse mareado. –Chicos, será mejor que lo dejemos. Ya nos hemos divertido bastante por esta noche.

– Pero si acabamos de empezar– le dijo David, exultante. –Vamos, J.C. ayúdame a deslizar esta losa–. Leyó en voz alta la inscripción: Philip Louis Kensington, nacido en 1861 y fallecido en 1886. Señor Kensington – continuó– en breves instantes tendremos el placer de conocerle personalmente.

–Dejadlo ya, por favor– les suplicó Romina.

–Venga Tom, ayúdanos, ¡esta piedra pesa mucho! – exclamó David.

Tom se sentía cada vez peor, el recinto daba vueltas a su alrededor y sentía como las piernas le flaqueaban. Estaba al borde del desmayo.

–¡Ahora, David! Un esfuerzo más. ¡Ya casi está! – exclamó a su vez J.C.

Finalmente los jóvenes lograron deslizar la pesada lápida de granito, envejecida por el paso del tiempo y la humedad de la cripta. En el interior de la sepultura descansaba un ataúd de madera cubierto por un fenomenal entramado de telas de araña.

– ¡Qué tétrico, tíos! – se maravilló J.C.

– ¿No pensaréis abrirlo también? – dijo Romina en un suspiro.

David y J.C. buscaron en la cripta alguna herramienta útil para dar inicio a aquella macabra tarea de profanación de cadáveres. Pero no encontraron nada, a excepción de sus propias navajas suizas. Empezaron por cortar las cuerdas que rodeaban las empuñaduras de cobre del féretro. Intentaron abrir un hueco en la tapa por donde pasar el filo de las navajas, pero resultó inútil. Siguieron haciendo presión para intentar abrir la cubierta, pero esta se les resistía.–Tenemos que sacarlo del nicho– dijo J.C. que empezaba a arrepentirse de haberse metido en aquel lío. No veía la forma de abrir el sarcófago. David y él no eran lo bastante fuertes para lograrlo sin ayuda pero no quería quedar como un fracasado delante de Mandy y Romina.

¿Dónde demonios se había metido Tom? No era capaz de localizarlo en medio de aquella oscuridad. –Tom, necesitamos tu ayuda para hacer palanca. ¡No seas gallina!

Por fin, de una patada certera, David consiguió abrir el ataúd. Apareció ante su vista un cuerpo vestido con algo parecido a un uniforme militar. Vio una calavera con algunos manojos de pelo claro aun adheridos al cráneo de aquel pobre infeliz fallecido en la flor de la vida.

Las chicas se acercaron lentamente hasta el cuerpo exhumado. Tom permanecía a su lado, con el rostro macilento y la expresión descompuesta. Las jóvenes se quedaron sin palabras. Era la primera vez que veían un cadáver en su vida. Se acercaron un poco más pero de inmediato retrocedieron al observar un ligero movimiento en el  interior del ataúd.

–No os asustéis, seguro que hay gusanos vivos reptando debajo de ese uniforme raído– les tranquilizó David.

Pero al mirar de nuevo los restos mortales del malogrado heredero Kensington, se dieron cuenta de que se había producido un cambio sustancial: el cuerpo había comenzado a adquirir consistencia y los huesos originalmente descarnados estaban iniciando un asombroso proceso de regeneración. Los acartonados pellejos de piel que aun rodeaban el chasis de aquel hombre se densificaban por momentos y en poco tiempo, el cráneo de ese despojo mortuorio empezó a adoptar la forma de una cabeza humana reconocible. Las cuencas de los ojos se rellenaron con nervios, venas y vasos sanguíneos. El pelo volvió a crecer de forma aterradora en el cuero cabelludo de aquel engendro mientras una masa sanguinolenta de músculos y cartílagos recubría un rostro en estado embrionario. En escasos minutos, ese ser de ultratumba iba a volver a experimentar alguna forma desconocida de vida, y quien sabe qué tipo de intenciones tenebrosas albergaría en su interior.

La cripta de la familia Kensington.

La cripta de la familia Kensington se había convertido en una trampa mortal. Fuente: Flickr.com (Licencia CC)

Los adolescentes buscaron la salida de la cripta despavoridos. Los jóvenes gritaban sin cesar pidiendo ayuda, pero sabían que se habían quedado solos. Era la noche de Halloween y todos los residentes de la localidad estaban pasándoselo en grande en la fiesta del pueblo. J.C. estaba sobrepasado por los acontecimientos y atenazado por el miedo. Había perdido el sentido de la orientación y no era capaz de encontrar el camino de salida. David rezaba sollozando por salir vivo de aquel lugar maldito mientras las chicas se abrazaban entre ellas, llorando con desesperación. Mandy se fijó en Tom, que parecía una sombra de lo que había sido hacía tan solo unos minutos. Tenía las mejillas hundidas, parecía mucho más delgado y los ojos se le estaban empezando a salir de las órbitas. Su pelo se había vuelto ralo y fosco y apenas podía sostenerse en pie. Parecía un cadáver andante.

La metamorfosis casi se había completado. Tom Williams agonizaba mientras Philip Louis Kensington volvía a la vida cien años después de perecer por una herida de bala mortal en el corazón. Aquel fastidioso duelo en defensa de la  honra de su prometida, lady Wintermer, había acabado imprevisiblemente en tragedia. Pero aquel reflejo de sí mismo que había vislumbrado justo antes de abandonar el mundo de los vivos le había rescatado definitivamente de su descanso eterno. Su alma inmortal por fin había encontrado un cuerpo en el que volver a sentir vida. Uno de los dos Philip Louis Kensington debía desaparecer para permitir la supervivencia del otro. Él había luchado más fuerte y había vencido, como de costmbre.

J.C, David, Mandy y Romina subieron a rastras las escaleras de caracol que conducían a la superficie. Sin decir una palabra, abandonaron a la carrera la mansión Kensington. Jamás volvieron a hablar de lo ocurrido la noche de Halloween en que vieron con vida por última vez a su compañero Thomas Williams Kensington III.

+info:

El doble en la literatura fantástica: el doble, o “doppelgänger”, es el antagonista irreal de un personaje vivo de ficción. Habitualmente encarna el mal, la amenaza o la muerte. Según las leyendas del norte de Europa, ver a nuestro doble es una señal que indica la llegada de nuestra propia muerte.

Otros relatos sobre dobles en la literatura fantástica:

William Wilson. Edgar Allan Poe, 1839.

¿Él? Guy de Maupassant, 1889.

El retrato de Dorian Gray. Oscar Wilde, 1890.

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