Opinión. Lo que esconde una bandera

28 Jun

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Semana del 22 al 28 de junio de 2015

Autora: Samia Benaissa Pedriza

Banderas

A la izda., la bandera “dixie”, insignia de los estados confederados del sur de EE.UU. A la dcha., Pedro Sánchez , secretario general del PSOE, delante de la bandera española de 1978. Fuentes: Wikipedia y http://www.eldiario.es (Licencia CC).

El rechazo provocado por la exhibición de la bandera confederada de los estados del sur de Estados Unidos tras la masacre de Charleston no resultaría un hecho insólito, si no se tuviera en cuenta la idiosincrasia del pueblo norteamericano. En un acertado artículo publicado en The New Yorker, el periodista Adam Gopnik advierte de que a pesar de las lamentaciones del momento por la tragedia, los hechos volverán a ocurrir. Indefectiblemente. Una y otra vez. Como en Virginia Tech, Aurora y Newtown, escenarios de las últimas matanzas perpetradas con armas de fuego contra civiles.

La icónica bandera, popularmente conocida como “dixie”, arrastra un historial de racismo que hasta la fecha nadie en Estados Unidos se había atrevido a rechazar con contundencia. La insignia todavía luce en la entrada del capitolio de Carolina del Sur, a pesar de las iniciativas para su retirada. Y lo cierto es que la bandera siempre ha sido un exitoso producto de merchandising  cuya vida comercial corre el riego de llegar a su fin, si los principales comerciantes del país ponen en práctica sus intenciones de retirarla del mercado. Porque en los tiempos que corren nadie quiere asociar su marca a  un racismo que el propio presidente Obama -de origen afroamericano-  ha reconocido estar inserto en el ADN de los estadounidenses.

Pero ¿qué se esconde realmente tras la bandera confederada? Cuando un joven Wasp de 21 años, que exhibía con orgullo la “dixie”,  decidió quitar la vida a nueve afroamericanos en una iglesia de Charleston por el mero hecho de serlo, ¿qué problema social estaba verdaderamente saliendo a la luz? ¿Solo el odio racial?  Obviamente ese es un conflicto social histórico, no resuelto 150 años después del final de la Guerra Civil  (1861-1865) y tras medio siglo de lucha por los derechos civiles en EE. UU.

Pero el trasfondo de esta tragedia es otro. No ha sido el odio el que ha asesinado a nueve personas inocentes, ni el azar, o la profesión de una fe religiosa. Lo que silenció a las  víctimas fue otra cosa: una ordinaria y barata arma de fuego.

En EE.UU. se han alzado en estos días algunas voces a favor del control de armas, dejadas en manos de ciudadanos que no están ni preparados ni concienciados de los peligros que su uso entraña. Lo decepcionante es que siguen siendo minoritarias y silenciadas por una mayoría que no quiere ni oír hablar de su restricción o de una regulación racional. Por eso, como bien apunta The New Yorker, la tragedia de Charleston tendrá pronto y desgraciadamente, su subsiguiente réplica.

En España, el uso de la bandera nacional en un acto político por parte del candidato del partido socialista a la presidencia del gobierno, también ha suscitado polémica esta semana. En estos tiempos de lucha descarnada de todos contra todos por arrebatar votos al contrario, hasta el uso electoral de la bandera constitucional de 1978 es motivo de discusión.

Es más que evidente que la bandera nacional no significa lo mismo para todos pero a la hora de arrancar votos, parece que todo vale. Pedro Sánchez empleó durante su discurso un recurso visual muy efectista: una bandera digital monumental que apelaba a la unidad nacional. Lo que traducido al lenguaje vulgar viene a significar un intento desesperado por aglomerar el mayor número posible de adscripciones a su proyecto político, vengan de donde vengan (derecha, centro o centro-izquierda).

Que el PSOE haya utilizado un símbolo nacional común como estrategia preelectoral, parece que no le ha sentado bien a nadie por razones diversas y hasta opuestas. Pero es que ahora que se anuncia el fin del bipartidismo, la lucha por el poder es feroz. Y la suspicacia y la vigilancia del comportamiento ético de la clase política española por sus  propios protagonistas están llegando a unos extremos que rozan el paroxismo.

En esta época de democracia mediática, en la que los discursos se adaptan a los soportes de comunicación y descansan más en las formas que en el fondo, el valor de los  símbolos está en auge. “El medio es el mensaje” decía Marshall McLuhan, lo que en principio no es ni bueno ni malo. Aunque a los ciudadanos nos dificulte algo más la tarea de descifrar el mensaje oculto, el auténtico, en definitiva, lo que se esconde tras los gestos de cara a la galería.

La imagen de una bandera puede valer más que mil palabras, o no. Es lo malo de los símbolos: su reduccionismo,  su ambigüedad y su extraordinaria capacidad de manipulación política.  Aunque todo depende de quien los utilice y de quienes los interpreten. Ya sea en Charleston o en Madrid. Por eso hoy más que nunca, en el escenario político y social, los ciudadanos debemos  traspasar los símbolos mediáticos para llegar al mensaje. Se precisa una mayor reflexión y mucho ojo avizor.

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