Radicalización express en un mundo 2.0

16 Jul

Opinión

Autora: Samia Benaissa Pedriza

Atentado en Niza.

Arriba, momento en que el camión conducido por Mohamed Lahouaiej Bouhel es detenido por la policía en el paseo marítimo de Niza. Debajo, el célebre hotel Negresco en el Paseo de los Ingleses. Fuente: Notimex Tv y Anna M. Stevenon (Licencia CC).

Thomas Weber, autor del último libro sobre Hitler, “Cómo Hitler se convirtió en nazi”, afirma que la radicalización se da en contextos históricos diferentes, que ocurre de “forma gradual pero relativamente rápida” y que resulta casi imposible de invertir.

Mohamed Lahouaiej Bouhel, autor del atentado terrorista perpetrado hace dos días en Niza y reivindicado por el Estado islámico, era un lobo solitario de 31 años, poco o nada religioso y no tenía vínculos conocidos con el extremismo islámico. Contaba con un perfil tan aparentemente anodino e inofensivo que a las autoridades francesas les ha costado confirmar la existencia de un vínculo terrorista con el atropello mortal e intencionado de 84 personas en plena Costa azul.

En el libro de Weber se cuenta que el punto de inflexión en la radicalización de Adolf Hitler, un soldado común y corriente y sin demasiadas luces, fue la visión de una Alemania caída y humillada tras la Primera Guerra Mundial en el Tratado de Versalles (1919). Pero hasta 1923, cuando Hitler dio su fracasado golpe de Estado pasaron cuatro años. Un tiempo relativamente corto en el que se desarrolló el germen de lo que más tarde sería el nacional-socialismo.

El desencadenante de la radicalización express de Lahouaeij Bouhel aun se desconoce. “La radicalización ha sido muy rápida”, declaraba Bernard Cazeneuve, ministro del Interior de Francia. Tan rauda que nadie la vio venir, lo que abre una inquietante grieta en el entramado de la lucha contra el terrorismo internacional y en la seguridad nacional, que ha quedado en entredicho.

El contexto histórico en el que se ha llevado a cabo la apresurada radicalización de Mohamed Lahouaiej Bouhel es aquel en el que un simple cuchillo de cocina o un camión de gran tonelaje son capaces de sembrar el pánico en cualquier punto de la civilización occidental ante la impotencia de unos gobernantes incapaces de proteger la vida de sus ciudadanos una y otra vez.

Adolf Hitler recurrió a la propaganda como arma arrojadiza en un mundo no globalizado todavía. Al principio sin demasiado éxito, después aupado por las élites de una sociedad profundamente racista. Casi un siglo después, el terror sigue empleando los mismos recursos e instrumentos: la violencia indiscriminada y la guerra psicológica ejercida esta vez sobre una sociedad tecnológica y mediatizada que facilita peligrosamente y de forma inmediata la difusión de todo tipo de mensajes, incluidos los sectaristas.

Cuarenta y ocho horas después de la tragedia, la sociedad internacional sigue conmocionada, pero los turistas ya han vuelto a desfilar por el icónico Paseo de los Ingleses. Aunque nunca más volveremos a evocar del mismo modo el famoso paseo marítimo de Niza, ni sus glamurosos hoteles y restaurantes. Hasta el elegante Negresco se ha convertido estos días en un improvisado hospital de campaña. Escenas más propias de un conflicto bélico que lamentablemente tiene visos de perdurar en el tiempo.

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