Microrrelato. La extraña lavandería

11 Feb

Autora: Samia Benaissa Pedriza

La extraña lavandería.

La extraña lavandería. Fuente: Internet.

La doctora Zimerman despidió a su último paciente y se dirigió al cuarto de la colada. Dosificó el fragante detergente y a continuación presionó el botón de encendido de su máquina de lavar, pero no hubo señal alguna de funcionamiento. Revisó varias veces la conexión de su moderna lavadora antes de darse por vencida y reconocer que debería acudir sin demora a la lavandería del barrio. Faltaba solo una hora para cerrar.

Recorrió dos manzanas y entró en el pequeño establecimiento de paredes de cristal. Desde fuera podía verse la hilera de lavadoras de tamaño casi industrial cargadas de ropa ajena girando hipnóticamente a intervalos regulares. Sara Zimerman embutió su ropa de trabajo en el tambor de la máquina número 3. En la sala de espera permanecía solo una mujer de rasgos hispanos que parecía mirar absorta uno de los aparatos.

La doctora Zimerman comenzó a leer una revista de moda que había traído para amenizar la espera. Al poco tiempo llegó un joven desarrapado con dos bolsas de ropa sucia. Debía ser uno de los “ocupantes” del antiguo cine, ahora en ruinas y habitado por un colectivo de “artistas-activistas” -o comoquiera que se hicieran llamar- que habían tomado posesión del lugar ilegalmente.

-Buenasss tardeees, señoras…

-Buenas tardes-, dijo despectivamente la doctora Zimerman. La otra mujer no respondió, seguía en trance. Era evidente que se encontraba bajo los efectos de algún narcótico de uso común. Sara Zimerman se lamentó de la cantidad de personas que en la actualidad se medicaban sin control médico.

El joven de rastas descoloridas se sentó a su lado una vez comenzada su colada. Sacó un librito del bolsillo trasero de su pantalón y comenzó la lectura de un tratado de filosofía. A Sara Zimerman el ser humano nunca dejaría de sorprenderla. Se concentró mentalmente en la lista de la compra mientas admiraba los trajes de la última colección de Chanel.

Colección de trajes de Chanel.

Colección de trajes de Chanel. Fuente: Internet.

Al levantar un momento la vista de la revista, lo apercibió primero de refilón. Una visión alarmante hizo que la sangre se le helara en las venas. -Un ataque de pánico, ahora no, Sarita. Eso ya lo habíamos superado hace tiempo-. Respiró hondo y continuó leyendo.

Pero al poco tiempo sucumbió a la tentación y miró de nuevo. Esta vez le pareció ver fugazmente un rostro amenazador entre las brumas del jabón y la espuma del suavizante. –Demasiado Valium, Sara. Vas a tener que ajustarte la dosis nocturna-, reflexionó, y acto seguido volvió a sumergirse en otro tipo de visiones más alentadoras. Brad Pitt la miraba desde las páginas satinadas del Vogue, ataviado con un esmoquin de gala en una entrega cualquiera de premios de cine.

Media hora después, un pitido agudo indicó al joven okupa el final de su programa de lavado. Guardó su tratado, recogió su colada limpia y perfumada y se encaminó hacia la salida.

Au revoir, mesdames. Por cierto, qué máscara mássss chulaaaa …. Parece taaan real…-, dijo señalando con el dedo un tambor que centrifugaba.

-Adiós, adiós-, le respondió Sara Zimerman. – ¡Así que solo se trataba de una máscara! Debía haberlo deducido: asociaciones y disociaciones. ¡Si lo practicaba todas las semanas con la señora Braun!-.

Caía ya la tarde y su programa de secado estaba a punto de terminar. La mujer hispana, seguramente una trabajadora del hogar de mediana edad, no se había movido del sitio. A la doctora Zimerman le pareció que reunía el perfil de una mujer maltratada por la vida. Una vez a solas, decidió acercársele y hablarle de la posibilidad de recibir ayuda profesional.

Juana Ramírez, lavandera.

Juana Ramírez, lavandera y figura destacada de la independencia de Latinoamérica. Fuente: Internet.

– ¡Hola, querida!, Soy la doctora Zimerman y me gustaría poder ayudarla-. La mujer le dirigió una mirada vacía.

-A veces es mejor permitir que salga todo fuera, expresarse sin miedo, dejarlo fluir. Porque usted le teme a algo, ¿no es cierto? Por cierto, ¿cómo se llama, querida?

-Amelia-, susurró la mujer.

– ¿Y a qué le teme, Amelia? Se trata de un marido agresivo y malhablado, ¿verdad?-. La mujer asintió con la cabeza.

-No debe preocuparse, yo puedo ayudarla a mejorar su vida-. La mujer se giró entonces ante el rostro tranquilizador de la doctora Zimerman:

– Tomé la decisión mientras dormía. Corté por lo sano.

-Muy bien, querida. Hizo usted lo que debía. Hay que deshacerse del pasado ¡para poder seguir adelante!

-Sí, doñita. Lleva usted razón-. Sara Zimerman prosiguió su discurso, arrebolada:

-Los golpes, los insultos, las amenazas… ¡La perfidia debe ir directa al contenedor de la basura!

Entonces, Amelia González se levantó, abrió la puerta de la máquina número 2 y sacó aquella máscara extraña de la oscuridad que la rodeaba.

-Sin duda, la conducta humana es asombrosa-, pensó Sara Zimerman. Jamás hubiera imaginado que aquel objeto terrorífico pudiese pertenecer a una mujer como aquella. La doctora no pudo evitar mirar con repulsión los ojos sanguinolentos, el inquietante rictus de la boca y la piel tumefacta cortada a navaja.

Amelia la introdujo en una bolsa de nailon para la compra, salió del establecimiento y la tiró al contenedor de la basura. En el corto lapso de tiempo que duró el trayecto de vuelta a la lavandería, la doctora Zimerman asoció, desasoció y volvió a asociar hasta que llegó a una espantosa conclusión.

Entrando en pánico, aun pudo articular algunas palabras sin sentido: -¡Mientras dormía!, ¿La máscara?, ¡El contenedor!, ¿Amelia?-.

La esposa maltratada, que no entendía gran cosa, le replicó:

– ¡Ay mijita!, ¡Qué máscara ni que nada! ¿Pues no me dijo que botara la cabeza maldita de mi esposo, el diabólico? Allí la dejé, pues, en el saco de las inmundicias.

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2 comentarios to “Microrrelato. La extraña lavandería”

  1. Cecilia Valenti febrero 12, 2018 a 10:44 am #

    Me encanta!! 3mn de lectura apasionante! Espero el siguiente!

    • sbp0 febrero 12, 2018 a 11:47 am #

      ¡Gracias, Cécile! Prometo ponerme pronto con el próximo.

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