Archivo | septiembre, 2019

Las fake news y los ataques a la libertad de prensa

30 Sep

Revista de prensa

Autora: Samia Benaissa Pedriza

Las noticias falsas suponen un riesgo para la libertad de prensa. Fuente: Internet.

→Artículo de opinión publicado en The New York Times el 23-09-2019 por A.G. Sulzberger, editor del diario:

The Growing Threat to Journalism Around the World (El periodismo en el mundo, cada vez más amenazado)

“Nuestro objetivo en The New York Times es averiguar la verdad y ayudar a la gente a entender el mundo”. Así comienza un extenso artículo de opinión publicado por A.G. Sulzberger, editor de uno de los diarios más prestigiosos y comprometidos con los principios del periodismo en el siglo XXI. Lo que Sulzberger expone no difiere en nada del concepto clásico de periodismo y podría incluso sonar algo “demodé”, si no fuera por el contexto en que se inserta.

Tras recordar los peligros reales a los que se enfrentan muchos informadores en el ejercicio legítimo de su profesión (explosión de minas, bombas, accidentes de helicóptero, secuestros, etc.), el poderoso editor llama la atención sobre otro tipo de amenaza que en los últimos tiempos se ha convertido en letal. Sulzberger se refiere a la visceralidad de las acciones ejercidas por determinados gobiernos para acallar a periodistas que intentan averiguar la verdad, aun a riesgo de comprometer seriamente sus vidas. Es el caso del periodista saudí Jamal Khashoggi, asesinado por razones políticas en 2018 o de Maksim Borodin, otro informador ruso que perdió la vida por esforzarse demasiado en desvelar lo que ocurría en Siria realmente.

Sulzberger también describe como amenaza contra la libertad de prensa un fenómeno que tampoco es nuevo pero que se ha agravado en los últimos tiempos: las mal llamadas “fake news”, o noticias falsas. La crítica es directa contra los gobernantes que se escudan en ellas para restringir el derecho a informar. Los resultados de una investigación desarrollada por el propio Sulzberger y otros colegas revela que en los últimos años más de cincuenta hombres de Estado han esgrimido este argumento para emprender medidas contra la prensa. Donald Trump, Recep Tayyip Erdogan o Nicolás Maduro, entre muchos otros gobernantes, han calificado como falsas informaciones rigurosamente verificadas por medios profesionales que simplemente se oponían a sus intereses políticos o personales.

The New York Times, como tantos otros medios, asume su responsabilidad ante errores informativos que, aseguran, se esfuerzan por corregir. Faltas que no convierten a una noticia en falsa, sino en inexacta y que poco o nada tienen que ver con las auténticas “fake news”, constructos generados por informadores no profesionales (cuando no directamente virtuales o bots) cuyo fin no es informar sino desinformar y manipular hechos reales o totalmente inventados.

+ info:

→Aunque el concepto de “fake news” es una noción discutida, puede entenderse por tal “toda aquella información fabricada y publicada deliberadamente para engañar e inducir a terceros a creer falsedades o poner en duda hechos verificables” (Red de Periodismo Ético –EJN-). Los expertos (Jonathan Albright, Claire Wardle) coinciden en vincular la elaboración de este tipo de noticias a la desinformación y el engaño intencionado en distintos grados de intensidad.

→Un grupo de estudiantes de periodismo de la universidad de Columbia emprendió una campaña para concienciar sobre el peligro de las “fake news”.  Los estudiantes llenaron un kiosco de prensa de Nueva York con portadas de periódicos que solo contenían noticias falsas.

En el año 2018, este kiosco de prensa de Nueva York publicó portadas con noticias falsas editadas por la revista Columbia Journalist Review. Los titulares fueron extraídos de sitios web que difundían este tipo de informaciones. Fuente: Internet.

 

A.G. Sulzberger, editor de The New York Times. Fuente: Internet.

→ A.G. Sulzberger propone unos consejos básicos para ayudar a los lectores a diferenciar las noticias falsas:

  • investigar el medio del que proceden las informaciones y el modo en que han sido elaboradas
  • confiar en medios que practican un periodismo profesional
  • emplear los conocimientos que aporta la información periodística para marcar una diferencia en nuestras vidas cotidianas

En definitiva, verificar el origen de la información, acudir a fuentes de información confiables y entrenar el espíritu crítico mediante la lectura de prensa profesional.

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La cultura del desacuerdo

8 Sep

Conectados

Semana del 02 al 08 de septiembre de 2019

Autora: Samia Benaissa Pedriza

Los primeros ministros de Reino Unido y España respectivamente, Boris Johnson (izda.) y Pedro Sánchez. Fuentes: Foreign and Commonwealth Office y Parlamento Europeo. Licencia CC 2.0.

“Mejor solo que mal acompañado” es lo que deben estar pensando dos de los líderes políticos de la UE más aparentemente comprometidos con sus ideales. Boris Johnson y Pedro Sánchez, primeros ministros de Reino Unido y España, se han enfrentado durante los últimos meses a una situación parecida en territorio doméstico. Sin duda alguna, en términos estratégicos, aunque bien distinta en cuanto a objetivos y resultados.

Al premier británico no le ha temblado la mano a la hora de suspender el parlamento y amenazar con convocar nuevas elecciones con tal de obtener algo de tiempo (escaso ya) para intentar convencer a la Unión Europea de renegociar los términos del Brexit según sus intereses. Algo que parece improbable, teniendo en cuenta la inflexible postura oficial que desde las instituciones europeas se ha venido adoptando desde que Theresa May tirase la toalla hace menos de dos meses.

A Pedro Sánchez tampoco parece importarle un escenario de repetición de elecciones si en dos exiguas semanas no llega a un acuerdo programático con las fuerzas de la izquierda, más enrocadas que nunca en sus posiciones. Posiblemente, el líder del PSOE haya tomado buena nota de lo ocurrido recientemente en Italia, cuando la excéntrica coalición de partidos que gestionaba el gobierno se dinamitaba por los aires, por las diferencias irreconciliables entre los socios mayoritarios y los minoritarios. Un aviso a navegantes.

Estirar el tiempo parece ser la consigna a seguir ante la ausencia de acuerdo o la incapacidad para llevar a buen puerto unas negociaciones entre una multiplicidad de actores, derivada, ya sea de una situación de fragmentación del voto o del mero hecho de pertenecer a una lujosa comunidad de vecinos, como es la Unión Europea. La amenaza de un Brexit duro sobrevuela más bajo que nunca los destinos de los británicos y del resto de miembros del club europeo. También la convocatoria de unas nuevas elecciones generales en España es una posibilidad cada vez más real. Las consecuencias en ambos casos serían nefastas desde un punto de vista político y económico, además de normalizar la inestabilidad política y la parálisis institucional.

Quizás, amenazar con que viene el lobo no sea más que una maniobra más para alcanzar unos objetivos políticos determinados, aunque al estirar la cuerda demasiado se corre el riesgo de romperla. Los juristas aseguran que un mal acuerdo es mejor que un buen pleito, y un Brexit (mal) consensuado no puede ser peor que un Brexit sin acuerdo. Para ninguna de las partes enfrentadas. Del mismo modo, un acuerdo de gobierno, programático o no, no debería ser peor que una nueva celebración de elecciones y el aplazamiento sine die de un ejecutivo en funciones prácticamente inoperativo.

Los cambios en el sistema de representación parlamentaria de la mayoría de países desarrollados surgidos tras la globalización han supuesto dejar jugar la partida a un número mayor de jugadores. Competidores de distinta procedencia con los que en muchas ocasiones habrá que negociar y llegar a acuerdos. No sería admisible querer finalizar la partida por una pataleta (Brexit sin acuerdo) o simplemente por ir perdiendo la jugada (PSOE v. Podemos). Solo lo sería en caso de que algún contendiente detectase trampas entre jugadores.

En política, la línea divisoria entre las buenas y las malas prácticas suele ser tenue. Pero no lo suficiente como para que los ciudadanos no puedan verla y decidir con su voto con quien quieren jugar en la próxima partida. Los votantes solo piden a sus políticos que estén a la altura de los desafíos que se les plantean y que sean capaces de superar de una vez la indeseable cultura del desacuerdo.