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Microrrelato. La extraña lavandería

11 Feb

Autora: Samia Benaissa Pedriza

La extraña lavandería.

La extraña lavandería. Fuente: Internet.

La doctora Zimerman despidió a su último paciente y se dirigió al cuarto de la colada. Dosificó el fragante detergente y a continuación presionó el botón de encendido de su máquina de lavar, pero no hubo señal alguna de funcionamiento. Revisó varias veces la conexión de su moderna lavadora antes de darse por vencida y reconocer que debería acudir sin demora a la lavandería del barrio. Faltaba solo una hora para cerrar.

Recorrió dos manzanas y entró en el pequeño establecimiento de paredes de cristal. Desde fuera podía verse la hilera de lavadoras de tamaño casi industrial cargadas de ropa ajena girando hipnóticamente a intervalos regulares. Sara Zimerman embutió su ropa de trabajo en el tambor de la máquina número 3. En la sala de espera permanecía solo una mujer de rasgos hispanos que parecía mirar absorta uno de los aparatos.

La doctora Zimerman comenzó a leer una revista de moda que había traído para amenizar la espera. Al poco tiempo llegó un joven desarrapado con dos bolsas de ropa sucia. Debía ser uno de los “ocupantes” del antiguo cine, ahora en ruinas y habitado por un colectivo de “artistas-activistas” -o comoquiera que se hicieran llamar- que habían tomado posesión del lugar ilegalmente.

-Buenasss tardeees, señoras…

-Buenas tardes-, dijo despectivamente la doctora Zimerman. La otra mujer no respondió, seguía en trance. Era evidente que se encontraba bajo los efectos de algún narcótico de uso común. Sara Zimerman se lamentó de la cantidad de personas que en la actualidad se medicaban sin control médico.

El joven de rastas descoloridas se sentó a su lado una vez comenzada su colada. Sacó un librito del bolsillo trasero de su pantalón y comenzó la lectura de un tratado de filosofía. A Sara Zimerman el ser humano nunca dejaría de sorprenderla. Se concentró mentalmente en la lista de la compra mientas admiraba los trajes de la última colección de Chanel.

Colección de trajes de Chanel.

Colección de trajes de Chanel. Fuente: Internet.

Al levantar un momento la vista de la revista, lo apercibió primero de refilón. Una visión alarmante hizo que la sangre se le helara en las venas. -Un ataque de pánico, ahora no, Sarita. Eso ya lo habíamos superado hace tiempo-. Respiró hondo y continuó leyendo.

Pero al poco tiempo sucumbió a la tentación y miró de nuevo. Esta vez le pareció ver fugazmente un rostro amenazador entre las brumas del jabón y la espuma del suavizante. –Demasiado Valium, Sara. Vas a tener que ajustarte la dosis nocturna-, reflexionó, y acto seguido volvió a sumergirse en otro tipo de visiones más alentadoras. Brad Pitt la miraba desde las páginas satinadas del Vogue, ataviado con un esmoquin de gala en una entrega cualquiera de premios de cine.

Media hora después, un pitido agudo indicó al joven okupa el final de su programa de lavado. Guardó su tratado, recogió su colada limpia y perfumada y se encaminó hacia la salida.

Au revoir, mesdames. Por cierto, qué máscara mássss chulaaaa …. Parece taaan real…-, dijo señalando con el dedo un tambor que centrifugaba.

-Adiós, adiós-, le respondió Sara Zimerman. – ¡Así que solo se trataba de una máscara! Debía haberlo deducido: asociaciones y disociaciones. ¡Si lo practicaba todas las semanas con la señora Braun!-.

Caía ya la tarde y su programa de secado estaba a punto de terminar. La mujer hispana, seguramente una trabajadora del hogar de mediana edad, no se había movido del sitio. A la doctora Zimerman le pareció que reunía el perfil de una mujer maltratada por la vida. Una vez a solas, decidió acercársele y hablarle de la posibilidad de recibir ayuda profesional.

Juana Ramírez, lavandera.

Juana Ramírez, lavandera y figura destacada de la independencia de Latinoamérica. Fuente: Internet.

– ¡Hola, querida!, Soy la doctora Zimerman y me gustaría poder ayudarla-. La mujer le dirigió una mirada vacía.

-A veces es mejor permitir que salga todo fuera, expresarse sin miedo, dejarlo fluir. Porque usted le teme a algo, ¿no es cierto? Por cierto, ¿cómo se llama, querida?

-Amelia-, susurró la mujer.

– ¿Y a qué le teme, Amelia? Se trata de un marido agresivo y malhablado, ¿verdad?-. La mujer asintió con la cabeza.

-No debe preocuparse, yo puedo ayudarla a mejorar su vida-. La mujer se giró entonces ante el rostro tranquilizador de la doctora Zimerman:

– Tomé la decisión mientras dormía. Corté por lo sano.

-Muy bien, querida. Hizo usted lo que debía. Hay que deshacerse del pasado ¡para poder seguir adelante!

-Sí, doñita. Lleva usted razón-. Sara Zimerman prosiguió su discurso, arrebolada:

-Los golpes, los insultos, las amenazas… ¡La perfidia debe ir directa al contenedor de la basura!

Entonces, Amelia González se levantó, abrió la puerta de la máquina número 2 y sacó aquella máscara extraña de la oscuridad que la rodeaba.

-Sin duda, la conducta humana es asombrosa-, pensó Sara Zimerman. Jamás hubiera imaginado que aquel objeto terrorífico pudiese pertenecer a una mujer como aquella. La doctora no pudo evitar mirar con repulsión los ojos sanguinolentos, el inquietante rictus de la boca y la piel tumefacta cortada a navaja.

Amelia la introdujo en una bolsa de nailon para la compra, salió del establecimiento y la tiró al contenedor de la basura. En el corto lapso de tiempo que duró el trayecto de vuelta a la lavandería, la doctora Zimerman asoció, desasoció y volvió a asociar hasta que llegó a una espantosa conclusión.

Entrando en pánico, aun pudo articular algunas palabras sin sentido: -¡Mientras dormía!, ¿La máscara?, ¡El contenedor!, ¿Amelia?-.

La esposa maltratada, que no entendía gran cosa, le replicó:

– ¡Ay mijita!, ¡Qué máscara ni que nada! ¿Pues no me dijo que botara la cabeza maldita de mi esposo, el diabólico? Allí la dejé, pues, en el saco de las inmundicias.

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Microrrelato. El monje afortunado

11 Dic

Inspirado en un hecho real

Autora: Samia Benaissa Pedriza

Meditando

Meditando. Fuente: Internet.

Sachio, el “nacido afortunado” subía con languidez los peldaños de acceso al templo. Durante el paseo había recogido un puñado de semillas y algunos frutos secos que había encontrado en el bosque, al pie de la montaña sagrada. Sus afilados tendones llamaban la atención en unas piernas endurecidas por el ejercicio físico y las largas caminatas.

Conocía bien la escalera en cuesta que conducía al santuario. Durante el trayecto solía pensar en los padres y hermanos que había dejado atrás cuando decidió ingresar en la Escuela de meditación. No había logrado desprenderse aun de sus recuerdos y en ocasiones echaba de menos a su familia. Sabía que esa actitud inquietaba a su maestro pero no era capaz de alejar de su mente aquellos pensamientos.

Estaba a punto de completar el período iniciático de 1.000 días sin apenas comer otra cosa que semillas de arce y pino negro. Al principio le había costado acostumbrarse y su cuerpo rechazaba la alimentación que recibía, pero con el tiempo había conseguido vencer las exigencias de la materia.

Sachio traspasó la puerta de acceso al templo. La pagoda de tres niveles apareció ante él. Por mucho que la contemplara nunca dejaría de maravillarse ante su presencia. Allí esperaba descansar eternamente como Buda, si lograba superar con éxito su entrenamiento.

El monje atravesó el recinto, recorriendo el espacio a los lados de las columnas de madera que soportaban el peso del templo. Sintió como le inundaba una sensación de respeto y paz interior. Siguió andando en línea recta y llegó hasta el Gran Salón dorado. Unos pasos más y estaría de vuelta en la sala de estudio monacal.

Sachio se preparaba para ser un sokushinbutsu, lo que implicaba someter su cuerpo y su mente a duras pruebas de resistencia. Ya había perdido gran parte de su grasa corporal y creía estar dispuesto a ingerir pronto las infusiones a base de raíces de urushi que completarían el proceso. Las pequeñas dosis del veneno que se diluiría gradualmente en su cuerpo facilitaría posteriormente la conservación de sus restos.

Culto budista

Culto budista. Imagen de dominio público.

Sachio era consciente de que se enfrentaba a una transformación lenta que podría no acabar como esperaba. Los próximos 1.000 días de su vida iban a transcurrir entre meditación, aislamiento y dolorosa expulsión de fluidos corporales. Cuando quedara prácticamente disecado le conducirían a un habitáculo en el que permanecería en soledad. Unos tubos de bambú le permitirían respirar hasta que llegase el momento. Cuando dejase de agitar la campanilla los demás sabrían que había traspasado el umbral.

El monje se sentó a ras de suelo en el pequeño salón y retomó el estudio de sus escritos. Al finalizar, se dirigió a su habitación. Quería comenzar a practicar los cánticos que debería entonar en la fase final del proceso. Adoptó la postura del loto e inició una larga letanía. El mayor temor de Sachio era no llegar a conseguir la budeidad. Otros monjes lo habían intentado pero solo unos pocos lo conseguían. Sabía que tras su muerte, habría que esperar otros 1.000 días para comprobar que su cuerpo permaneciese incorrupto. En caso contrario no se convertiría en Buda aunque sería recompensado con un funeral con honores. Pero Sachio no deseaba eso.

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Estatua de Buda

Estatua de Buda. Imagen de dominio público.

Mil años después de que Sachio se sometiese a un proceso de automomificación, el profesor Bécquer, un arqueólogo alemán, encontró entre los restos de un templo japonés del siglo XII una estatua de Buda conservada en su integridad. Un examen con rayos X reveló que en su interior figuraba un esqueleto momificado de un monje budista. El Buda había culminado su viaje.

+ info:

Monje budista momificado

Estatua de Buda examinada con escáner por investigadores holandeses en 2016. Fuente: Internet.

En 2016 un equipo de investigadores del museo de Drents en los Países Bajos encontró la momia del monje budista Liu Quan, miembro de la Escuela China de Meditación. Los exámenes practicados a los restos humanos determinaron que los órganos internos del monje habían sido sustraídos y sustituidos por escrituras en chino. Los científicos avanzaron la hipótesis de que el monje se había sometido a un procedimiento de automomificación que finalizaba con la introducción del cadáver, sentado en la posición del loto, en una estatua de Buda que era venerada en los templos.

Microrrelato. Indian summer

25 Sep

Microrrelato

Indian summer

Autora: Samia Benaissa Pedriza

El bloqueo del escritor.

El bloqueo del escritor. Fuente: Internet

Atardecía y David no había podido hilvanar aun una frase coherente. Las horas transcurrían improductivas y su paciencia estaba a punto de agotarse. El bloqueo del escritor, se había dicho al comenzar. O más bien la ausencia de talento. A esas alturas ya no abrigaba esperanzas de que las musas fuesen a inspirarle ideas prodigiosas o reveladoras.

Hacía dos semanas que debía haber entregado el manuscrito. Iba a ser su segunda novela tras el éxito inesperado de su opera prima, una obra escrita sin demasiadas pretensiones. Extrañamente, alguien la había leído, se había corrido la voz y David había acabado en manos de un editor de novelas de misterio que ahora le machacaba sin piedad con odiosos y estrictos plazos de entrega.

David solo llevaba unas horas en aquel lugar aislado de la civilización. Abandonó la ciudad y condujo hasta aquella casa rodeada de vegetación al borde del mar. Se había instalado con sus escasas pertenencias y algunos víveres con la intención de pasar el fin de semana en soledad.

No le estaba resultando fácil satisfacer las expectativas. En realidad, ignoraba el secreto de su éxito. Había escrito En la oscuridad en solo tres meses, en una fase de inconsciencia juvenil imposible ya de recuperar. Aquello había ocurrido siete años atrás y ahora era incapaz de componer otra imbricada historia de seres fantásticos para adolescentes ávidos de emociones fuertes.

Literatura fantástica.

Literatura fantástica. Fuente: Internet.

La noche cayó sin que David se diera apenas cuenta. Pensó que un poco de música le ayudaría a trabajar. Buscó algún tema propicio para acompañar aquel final del verano. Lo único que encontró fueron vinilos antiguos y un viejo tocadiscos. Milagrosamente, consiguió ponerlo en funcionamiento y Billie Holiday gorgojó con clase en el salón.

Pasaron las horas muertas. Al filo de la medianoche David comenzó a sentir el peso del aislamiento. Las sombras rodeaban la casa y solo se escuchaba el sonido amortiguado de las olas rompiendo en la orilla del mar. Decidió asegurar las ventanas y cerrar con llave la entrada. No deseaba pasar la noche a merced de lo desconocido.

Pero David no encontraba la llave. Al llegar, la había depositado en el escritorio y no recordaba haberla cambiado de lugar. Removió todos los objetos que se encontraban en la habitación pero la llave no aparecía. Media hora después, comenzó a inquietarse de veras. La temperatura había caído varios grados y el aullido del viento que empezaba a levantarse le resultaba amenazador.

Fuera reinaba una extraña oscuridad bañada en luz. Era como estar entre dos mundos. Le pareció escuchar un ruido áspero y sibilante a la vez. Giró el pomo de la puerta y salió al exterior. Agudizó los sentidos. David tenía la sensación de que una presencia desconocida y malintencionada rodeaba la casa. Volvió a entrar sin poder atrancar la dichosa cerradura. ¿Dónde estaba la maldita llave?

Entre tinieblas.

Entre tinieblas. Fuente: Internet.

Entrada la madrugada David buscaba la llave con frenesí. El miedo había invadido cada célula de su ser. Recorrían su mente todo tipo de pensamientos irracionales y en su cabeza resonaba la voz de Billie Holiday sin cesar. Aunque en la casa solo se oían sus propios sollozos y gritos de desesperación.

La casa era el único punto de luz visible en la distancia. En su interior, un hombre encorvado, con el pelo desgreñado y la mirada perdida arrancaba pedazos de suelo y fragmentos de pared con las manos descarnadas.

La luz del alba se filtró entre las formas agitadas de la habitación. El caos rodeaba al malogrado escritor que había caído rendido entre papeles desgarrados y muebles destrozados. David se incorporó con cuidado y tomó conciencia de su situación. El pánico había dado paso a la extenuación.

Por fin, el sol se abrió paso entre las nubes de una cálida mañana de septiembre. Era el indian summer. Sin explicación, la llave que David había estado buscando toda la noche hasta la enajenación apareció perfectamente encajada en la cerradura.

La llave.

La llave. Fuente: http://www.20minutos.es (Licencia CC).

+ info:

El indian summer es un tiempo de transición entre el final del verano y el inicio del otoño. Ocurre anualmente, entre mediados y finales de septiembre. Mientras dura las temperaturas diurnas son inusualmente cálidas y el tiempo, soleado.

Indian summer es la denominación que el fenómeno atmosférico recibe en Estados Unidos. En España nos referimos a él como “veranillo de San Miguel” en honor al patrón de San Miguel cuya festividad se celebra el 29 de septiembre. En Alemania se denomina Altweibersommer y ocurre por las mismas fechas.

Cuento de Navidad. “Granada, nochebuena de 1492”

24 Dic

Felices fiestas desde Blogosphera

Autora: Samia Benaissa Pedriza

Panadero medieval y su ayudante.

Panadero medieval y su ayudante. Imagen de dominio público.

Renata freía buñuelos al calor de la lumbre. Era ya noche cerrada y su esposo, maestro pastelero, no había regresado aun de vender los últimos dulces navideños en aquella nochebuena del año de gracia de 1492. ¿Qué estaría haciendo Jacinto a esas horas? ¿Habría tenido algún percance en el camino? Las calles estaban tan nevadas que a ella misma le resultaba difícil desplazarse por el burgo.

Renata decidió salir al encuentro de su esposo. Salió por la puerta trasera del obrador, cubierta por varias capas de abrigo. Recorrió con cuidado las callejas que conducían a la plaza. Apenas quedaba nadie en el exterior. Eran casi las ocho y lo que más deseaban los habitantes del cristiano Reino de Granada era apiñarse alrededor de una suculenta mesa junto a sus seres queridos.

Renata divisó un bulto tirado a pocos metros de una carreta volcada en la nieve. -“¡Jacinto!”-. Angustiada, corrió hacia el cuerpo magullado e inerte. A su alrededor, esparcido por la superficie nívea, yacía un cargamento de dulces de aguamiel. Volteó el hombro del herido, sorprendida por lo que vio. No era Jacinto, sino un maltrecho desconocido que abrazaba a un niño de unos doce años de edad. Ambos eran moriscos.

El hombre gimió en silencio. Su mirada imploraba la ayuda de Renata. Bajó la vista hacia el niño, impotente. La mujer lo cogió en brazos y lo trasladó tan rápido como pudo a su hogar. El hombre seguía sus pasos a duras penas, sin pronunciar palabra.

-“¡Aprisa, Miguel! ¡Acude a casa del galeno!”, exhortó Renata a su hijo menor. El muchacho corrió en busca del médico mientras su madre empapaba unos paños en agua fría.

El niño, empezó a recuperar la conciencia. Parecía asustado y desorientado. Miró a Renata sin comprender lo que había pasado. -“¿Estás bien, pequeño? Te encontré en la nieve, junto a tu padre. Estabais muy malheridos. ¿Recuerdas qué ocurrió? ¿Volcasteis a causa del temporal, verdad?”-.

El niño sollozó al recordar la tragedia: -“Mi madre… mi padre…”

-“No te apures, tu padre está aquí”, le tranquilizó Renata. El hombre observó a su hijo con una mirada de alivio y a la vez de profunda tristeza.

En ese instante una puerta se abrió y Jacinto apareció en el umbral de su morada. -“¡Jacinto!”, suspiró Renata.  -“¡Creí que te había pasado algo! Este niño y su padre han sufrido un accidente. Salí a buscarte y los encontré tendidos en la calzada. Necesitan nuestra ayuda”.

-“El galeno ya viene, madre”, avisó Fernando, el hijo mediano de los pasteleros.

Tras comprobar que el muchacho no tenía nada grave, el físico le recomendó reposo y buenos alimentos.

-“Jimena, trae algo de comer a este mocito y a su padre.  Esta nochebuena va a ser especial”, se animó Renata.

-“Enseguida, madre”, contestó la hija mayor, algo confusa.

-“Prueba un buñuelo, hijo, te sentirás mejor”-. El niño se incorporó despacio. Finalmente se atrevió a dar un bocado. -“Así está mejor”, sonrió Renata. -“¿Cómo te llamas?”.

– “Hamza”, respondió  el morisco.

-“¿Recuerdas que pasó?”

– “Mis padres y yo volvíamos de la ciudad de vender dulces para vuestra fiesta cristiana. Mi padre iba muy deprisa, tenía miedo de que la nevada nos impidiera regresar a casa.  Mi madre le rogaba que fuese más despacio pero no le hizo caso. Los caballos tropezaron y caímos con los restos de la venta ambulante.”

“La Carreta”, obra del pintor uruguayo Ernesto Laroche.

“La Carreta”, obra del pintor uruguayo Ernesto Laroche. Imagen de dominio público.

Hamza interrumpió su relato. Tenía un nudo en la garganta. Las lágrimas asomaron a sus ojos negros: -“Mis padres quedaron atrapados entre las ruedas”,  “no sobrevivieron”, se lamentó.

El muchacho debía seguir aturdido, pensó Renata. -“Hamza, tu padre no ha muerto. Te protegía con su cuerpo. ¡Él está aquí, en esta habitación!”

Renata buscó al hombre con la mirada pero el morisco no se encontraba en los aposentos. –“¿A dónde ha ido?”-.  Renata salió al gélido patio exterior. Lo buscó por todas partes. -“¡Señor! ¡Nadie va  a denunciarle! ¡Vuelva, por favor!”

Jimena la obligó a entrar. -“Madre, no hay ningún hombre.  Trajiste solo al muchacho”.

Fernando corroboró sus palabras. -“¡Me tomáis por loca, lo habéis visto tan bien como yo!”, exclamó la mujer del pastelero.

Jacinto intervino: -“Tengamos la fiesta en paz. Es nochebuena, por el amor de Dios. Hamza debe descansar. Mañana investigaré qué le ha ocurrido a su familia” .

Al día siguiente Jacinto supo que los cuerpos de dos moriscos habían sido encontrados bajo un carruaje cargado con dulces navideños. Su dueño era un pastelero llamado Abdul. A su lado yacía su esposa Miriam, la madre de Hamza.

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El pequeño Hamza fue acogido por la familia del pastelero Jacinto el día de Navidad de 1492. El niño continuó el oficio que había comenzado a aprender con su padre, el hornero Abdul, hasta que la persecución religiosa le obligó a alejarse de su familia adoptiva.

Jacinto le había enseñado a elaborar recetas originales de hojaldres y pastas que el muchacho enriqueció con miel y  pasta de almendra. En la navidad de 1502, Hamza, el repostero, inventó una masa de miel, huevo y almendra que bautizó con el nombre de “turrón”. Por aquel entonces aun no sabía que, en poco tiempo, su creación se convertiría en uno de los dulces navideños más demandados por la nobleza castellana y, con el devenir de los siglos, en una de las especialidades navideñas más típicas.

+ info:

Turrón de Alicante y de Jijona.

Turrón de Alicante y de Jijona. Autor: La. Blasco (Licencia CC).

El turrón es un postre de origen árabe, incorporado a las tradiciones cristianas entre finales del siglo XV y principios del XVI. Se dice que la versión española del turrón nació en Alicante por esa época. Fueron las clases sociales más acomodadas las que introdujeron la costumbre de comer turrón durante las fiestas navideñas. La gran demanda, convertida posteriormente en popular, generó el origen de una especialidad culinaria y de todo un gremio pastelero: el de los maestros turroneros.

 

Buñuelos de moka y limón.

Buñuelos de moka y limón. Autora: Samia Benaissa Pedriza

El origen de los buñuelos es más controvertido. Algunas fuentes aseguran que se trata de un bollo cocinado por los judíos para celebrar la Janucá. Otras afirman que lo idearon los árabes de Granada. En América Latina se consumen por Navidad y en la tradición cristiana se suele decir que cuando se comen buñuelos de viento, un alma abandona el purgatorio.

 

Los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

Los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Imagen de dominio público.

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, ordenaron  la práctica de la religión católica en todos los reinos cristianos tras la conquista de Granada en enero de 1492. Los judíos fueron expulsados de España ese mismo año. En 1502, los regentes acordaron la conversión obligatoria al catolicismo de los musulmanes de Al-Ándalus.  Algunos moriscos, conversos o no, optaron por abandonar el país. Los que se quedaron fueron perseguidos por Carlos V -el nieto sucesor de Isabel y Fernando-  hasta su expulsión, cien años después de la Reconquista.

Relato de verano. Splendide Hotel

27 Ago

(Inspirado por la exposición Splendide Hotel de Dominique González-Foerster)

Autora: Samia Benaissa Pedriza

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El “Splendide Hotel” del Parque del Retiro (Madrid). Fuente: http://www.loffit.abc.es (Licencia CC).

Vittorio cayó al suelo alcanzado por una ráfaga de metralleta. ¡Maldición! La herida abierta en su costado no paraba de sangrar. Su progenitor, Giovanni Lombardo, alias “Don Giovanni”, yacía inmóvil a su lado. Su muñeca inerte todavía sujetaba su inseparable Beretta, aun humeante tras los disparos cruzados entre las dos familias rivales.

Movió la cabeza en rededor, calibrando la situación. Vincenzo y Luiggi seguían disparando contra los hombres de Maurizio Tornatore,  parapetados tras las mecedoras del mirador de aquel espléndido hotel que la familia Lombardo estaba inaugurando esa misma noche.

El asalto les había cogido desprevenidos. Tornatore y su padre, “Don Giovanni”, habían acordado reunirse en el templete del Splendide Hotel para repartirse el negocio de exportación de mercancías que partían desde la isla de Sicilia. Pero lo que parecía un acuerdo de paz entre dos oponentes enconizados, había acabado de forma inesperada en un violento baño de sangre.

Giuseppe Gambetta, hombre de confianza de los Lombardo, reptó hasta su posición rodeado por una lluvia de disparos ensordecedores. ¡Vittorio!, exclamó al ver a su jefe malherido.

Vincenzo acababa de recibir un tiro de gracia y Luiggi yacía con la cabeza reventada entre dos columnas del mirador.

Vittorio Lombardo calculó rápidamente sus posibilidades de salir con vida de aquella emboscada. Eran prácticamente nulas. Sin embargo no estaba dispuesto a dejar que los Tornatore ganaran la partida tan fácilmente. Si él desaparecía sería el fin de la familia Lombardo.

Logró arrastrarse hasta la sala de música, donde existía una trampilla secreta por la que escapar en caso de emergencia.  Giuseppe Gambetta le cubrió durante los escasos segundos que transcurrieron  a continuación y que cambiaron por completo el curso de los acontecimientos.

Vittorio iba dejando trazas de sangre a medida que avanzaba hacia la salida. Varias balas le pasaron rozando mientras huía hacia su salvación. ¡Giuseppe, pronto, andate via!  Un Vittorio  casi sin aliento levantó  a duras penas la trampilla apenas perceptible en el suelo enmoquetado,  ahora empapado con el abundante líquido rojo que manaba de su cuerpo.

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El sol se elevaba alto en el horizonte. Era un magnífico día de verano en el Splendide Hotel. Los sucesos de la pasada noche no habían pasado desapercibidos para nadie. Tampoco para las autoridades de la isla que prefirieron no inmiscuirse en los asuntos de la Cosa Nostra. Era el año 1887 y en Sicilia regía los asuntos públicos un gobierno formado en connivencia con la mafia.

El mirador del Splendide Hotel estaba siendo acondicionado para los primeros clientes residentes. De los incidentes de la noche anterior solo quedaban algunas señales discretas que iban a ser inmediatamente eliminadas por el servicio de limpieza. Pequeñas manchas de sangre derramadas por el suelo, algún balancín con el respaldo roto y un gramófono abandonado en el suelo alfombrado de la sala de música eran las últimas huellas de un enfrentamiento que dejaría un rastro imperecedero en la historia del crimen organizado.

Relato de verano. Splendide Hotel.

Imágenes de la exposición “Splendide Hotel” de Dominique González-Foerster en el Palacio de Cristal del Parque del Retiro (Madrid). Autora: Samia Benaissa Pedriza.

Vittorio Lombardo y Giuseppe Gambetta habían escapado milagrosamente de una muerte segura. Pero ambos sabían que a partir de ese momento sus cabezas tenían un precio. Debían abandonar el país de inmediato y embarcarse lo más lejos posible. Vittorio decidió que se harían pasar por sencillos inmigrantes sicilianos en la tierra de las oportunidades donde más adelante idearía su particular vendetta contra los Tornatore.  Giuseppe Gambetta lamentaba tener que huir de improviso y dejar en Sicilia a su primer hijo que estaba por nacer, pero sabía que no tenían otra opción.

Epílogo

La venganza de los Lombardo se materializó años más tarde a través de los descendientes de Vittorio y Giuseppe Gambetta, sus hijos varones Vito y Angelo, nacidos con tres días de diferencia en el año 1887. Angelo Gambetta, más conocido como “Il Bambino” se convirtió en el primer Don de la familia Di Rossi, una de las familias de la mafia más importantes de Nueva York, al que sucedió Vito Lombardo. La familia Di Rossi acabó con el clan de los Tornatore a principios del siglo XX y se convirtió en la agrupación más extensa e influyente de Estados Unidos.

+ info:

Exposición Splendide Hotel. Dominique González-Foerster. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Sede del Palacio de Cristal. Parque del Retiro. Madrid. Hasta el 19 de octubre de 2014. Horario: lunes a domingo de 10:00 a 22:00. Entrada libre.

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Vista del “Splendide Hotel” (Palacio de Cristal) en el Parque del Retiro de Madrid. Autora: Samia Benaissa Pedriza.

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Exposición “Splendide Hotel” de Dominique González-Foerster. En cada silla mecedora se encuentra un libro cuya lectura se propone al lector. Fuente: http://www.loffit.abc.es (Licencia CC).

La exposición rinde homenaje a la literatura y a los espacios arquitectónicos construidos en el año 1887: el Palacio de Cristal del Parque del Retiro en Madrid y el Hotel Splendide en Lugano (Suiza). También honra al Splendide Hotel de Évian-les- Bains (Francia) donde veraneaba el escritor Marcel Proust con sus padres y al Splendide Hôtel del poema de Arthur Rimbaud, Après le déluge (Tras el diluvio) publicado en 1886.
El gramófono, objeto presente en la única habitación del Splendide Hotel del Parque del Retiro, también se inventó en el año 1887.

Lucky Luciano

Salvatore Lucania (“Lucky” Luciano). Imagen de dominio público.

Salvatore Lucania, conocido como Charles “Lucky” Luciano, nació el 24 de noviembre de 1897 en Sicilia y falleció el 26 de enero de 1962 en Nápoles. Hijo de una familia de inmigrantes italianos de Nueva York, es el inspirador del personaje de Angelo Gambetta en este relato. A los 14 años inició una carrera fulgurante en el crimen organizado. Fue el primer Don de la familia Genovese, una de las cinco familias mafiosas más relevantes de Nueva York, fundada en el siglo XX.

Vito Genovese

Vito Genovese. Fuente: http://www.20minutos.es (Licencia CC).

Vito Genovese nació el 27 de noviembre de 1897 en Nápoles y falleció el 14 de febrero de 1969 en Missouri (EE.UU.). “Don Vito” dirigió a la familia Genovese en los años 1950 y ha sido reconocido como uno de los cuatro grandes padres de esta familia, junto a “Lucky” Luciano, Frank Costello y Vincent “Chin” Gigante. Ha inspirado el personaje de Vito Lombardo en este relato.

Microrrelato. “Noche de Halloween”

31 Oct

Microrrelato. Noche de Halloween

Autora: Samia Benaissa Pedriza

Noche de Halloween.

Noche de Halloween. Autor: Jackins (Imagen de dominio público)

El ruido de feria y el bullicio del público se colaban amortiguados en el interior del carromato de Madame Trouard, vidente, cartomántica  y hechicera en sus ratos libres.

–¿Qué ve en mis manos, Madame Trouard?, le preguntó la joven Romina Smith-Jones.

– Vas a tener una vida larga y dichosa, jovencita – le contestó la mujer tras acariciar la palma de su mano.

–¿A quién más le gustaría conocer su futuro? – la mujer se dirigió al grupo de adolescentes que habían acudido a su llamativa carreta aquella noche de Halloween. A las afueras del pueblo se había organizado una fiesta dedicada a niños y mayores para celebrar la noche de las brujas. Cada año por las mismas fechas, los niños recorrían las casas con la tradicional  amenaza de “truco o trato”. Más tarde, la mayoría seguía la fiesta en las atracciones de feria que las autoridades locales habían acordado instalar en el terreno colindante con los antiguos dominios de la familia Kensington.

– Jovencito, siéntate ahí y mira fijamente la bola de cristal – le conminó la mujer a un muchacho espigado de unos quince años de edad.

– Lo que usted diga, señora–  respondió Jonathan Charles Wallace, más conocido entre sus amigos como J.C. Estoy preparado para conocer mi futuro. ¿Voy a ser el nuevo John Lennon?

La adivina le dirigió una mirada tan intimidante que J.C. creyó que le había echado el mal del ojo. Pero Madame Trouard decidió proseguir con el numerito.

– Quiero que te concentres y mires ahí dentro. Si el destino lo quiere conocerás tu futuro.

J.C intentó concentrarse, incluso llegó a cerrar los ojos, pero no logró ver más que su reflejo distorsionado en el cristal transparente de aquel objeto romo. Como no quería perder la atención que Romina le estaba prestando por primera vez aquella noche después de semanas de cortejo, decidió fingir una visión.

– ¡Guau, tíos, qué pasada!. ¡He visto cómo será el futuro! Voy a ser alguien importante, de eso podéis estar seguros… Prometo acordarme de vosotros cuando sea rico y famoso.

– Venga J.C., deja de vacilarnos. No has visto nada de nada–  le espetó David Lemons, su mejor amigo y compañero de fatigas en el único instituto de enseñanza secundaria con que contaba el remoto pueblo de Lesbury.

–¡Silencio! ¿Acaso no creéis en el  poder de la magia? No deberíais tomaros mis advertencias tan a la ligera–. – Tú–  ordenó la pitonisa a Tom Williams. Quiero que ocupes el lugar de tu amigo en la mesa. Veamos que te deparará el futuro.

Tom era el más tímido del grupo. Sintió como sus orejas se encendían, adquiriendo inmediatamente el color de la grana. Intentó decirle a la mujer que no creía en esas cosas, pero la mirada penetrante de la adivina suponía todo un desafío y no supo cómo desobedecer aquella orden directa sin parecer un “gallina” ante las chicas y frente a sus amigos.

– Concéntrate, mira a través del tiempo y del espacio… Ahora dinos qué ves, jovencito.

Tom oía la voz de Madame Trouard alejada en la distancia. Sintió que se sumergía en un sueño ligero. Percibió un galope de caballos que se acercaban en mitad de la noche. Dos carruajes se aproximaron hasta el lugar donde se encontraba Tom. Dos grupos de hombres jóvenes descendieron las escalerillas de los vehículos abrigados con capas de vuelo decimonónicas. Alguien sacó de un estuche de terciopelo azul dos pares de armas de fuego, refulgentes a la luz de la luna. Dos jóvenes se separaron del resto y se acercaron al punto de referencia, lanzándose miradas de profundo desprecio. Se pusieron de espaldas y dieron quince pasos en dirección contraria. Cuando el más alto se dio la vuelta a Tom se le heló la sangre. ¡Tenía sus mismos rasgos! Vio como su oponente le apuntaba con su arma de fuego y disparaba. Sintió el roce de la bala en el aire. El doble de Tom también descargó su pistola de duelo de forma casi inmediata, rompiendo con estridencia el silencio de la noche.

Tom sintió un nudo en el estómago. Experimentaba una aguda sensación de espanto y un intenso dolor en la parte izquierda de su cuerpo. El eco de la sangre bombeada por su corazón resonaba amplificado en sus oídos. “Bum, bum. Bum, bum. Bum, bum”. Hasta que de pronto dejó de escucharlo. Su corazón había dejado de latir. El joven de la cabellera dorada había sido herido por su rival. De forma repentina, Tom tuvo la impresión de que aquella persona tan parecida a él lo estaba mirando directamente a los ojos. No pudo sostener por más tiempo su mirada. Oyó de nuevo la voz de Madame Trouard como si fuera una letanía y supo que debía despertar de aquella ensoñación.

– Dinos qué has visto, Tom. Parecías ensimismado, le preguntó Mandy White preocupada.

– En realidad, no he visto gran cosa–  mintió.

– Creo que ya es hora de irse, chicos. ¿Quién se apunta a una incursión nocturna en la vieja mansión Kensington? – propuso J.C.

-Madame Trouard, ha sido un placer, dijo David al salir del exiguo carromato de la adivinadora.

La mansión Kensington.

Los jóvenes iniciaron su particular viaje a ninguna parte. Autor: Shane Gorski (Licencia CC)

El grupo se dirigió al antiguo caserón de la familia Kensington, ahora abandonado por falta de recursos tras la desaparición del último miembro del clan de aristócratas terratenientes de Lesbury, hacía ya más de tres décadas.

Los cinco jóvenes franquearon las verjas oxidadas de la mansión en ruinas y se adentraron en la penumbra del interior de la casa. La galería de retratos les acogió amenazadoramente desde la escalera principal. Apenas se vislumbraban los rasgos de los sucesivos propietarios de aquella morada ahora en decadencia, todos unidos por lazos de sangre y dominación a través de los siglos.

Los jóvenes entraron en el salón de gala. Los muebles de la casa permanecían cubiertos desde hacía décadas por grandes sábanas blancas creando en la tiniebla inquietantes formas espectrales. David se acercó maliciosamente a Romina por detrás.

– ¡Buuh!, soy el fantasma del amo Kensington y he venido a por ti.

– Menudo susto me has dado, ¡serás idiota! –le gritó.

Romina se dio la vuelta y se alejó del opaco ventanal, cubierto en su totalidad por años de polvo y suciedad acumulada. La joven apartó los restos de lo que parecían haber sido unos opulentos cortinajes, dejando pasar al interior un rayo de luz de luna. Un lateral de la estancia quedó iluminado dejando a la vista un tramo de escaleras subterráneas apenas visible en medio de aquella oscuridad.

– David, déjala en paz. Vamos a bajar por esas escaleras, a ver a donde conducen–  ordenó J.C.

El grupo descendió por una angosta escalera de caracol hasta las profundidades de la cripta de la familia Kensington. La aprensión se apoderó de los cinco jóvenes. Sus pulmones se llenaron de aire viciado y de un denso olor a putrefacción. Ninguno osaba dar un solo paso en aquel mausoleo de tumbas centenarias. Finalmente fue Mandy White la primera que se atrevió a escudriñar las lápidas funerarias esparcidas por el suelo.

–Seréis cobardes, ¿no os da vergüenza? – se dirigió a los chicos, fingiendo seguridad.  ¿Vais a dejar que esta damisela recorra sola este lugar?

–Menuda  “damisela”… –David le murmuró a Tom al oído.

–Te he oído, David– le ladró Mandy a la cara.

J. C. aprovechó entonces para acercarse más a Romina. –Vaya noche de Halloween nos estáis haciendo pasar– le espetó Romina.

–Es la noche de las brujas y de los muertos vivientes, Romina. ¿Qué esperabas? – le contestó J.C con burla. – ¿Quién se atreve a abrir estas tumbas?

Tom comenzó a sentirse mareado. –Chicos, será mejor que lo dejemos. Ya nos hemos divertido bastante por esta noche.

– Pero si acabamos de empezar– le dijo David, exultante. –Vamos, J.C. ayúdame a deslizar esta losa–. Leyó en voz alta la inscripción: Philip Louis Kensington, nacido en 1861 y fallecido en 1886. Señor Kensington – continuó– en breves instantes tendremos el placer de conocerle personalmente.

–Dejadlo ya, por favor– les suplicó Romina.

–Venga Tom, ayúdanos, ¡esta piedra pesa mucho! – exclamó David.

Tom se sentía cada vez peor, el recinto daba vueltas a su alrededor y sentía como las piernas le flaqueaban. Estaba al borde del desmayo.

–¡Ahora, David! Un esfuerzo más. ¡Ya casi está! – exclamó a su vez J.C.

Finalmente los jóvenes lograron deslizar la pesada lápida de granito, envejecida por el paso del tiempo y la humedad de la cripta. En el interior de la sepultura descansaba un ataúd de madera cubierto por un fenomenal entramado de telas de araña.

– ¡Qué tétrico, tíos! – se maravilló J.C.

– ¿No pensaréis abrirlo también? – dijo Romina en un suspiro.

David y J.C. buscaron en la cripta alguna herramienta útil para dar inicio a aquella macabra tarea de profanación de cadáveres. Pero no encontraron nada, a excepción de sus propias navajas suizas. Empezaron por cortar las cuerdas que rodeaban las empuñaduras de cobre del féretro. Intentaron abrir un hueco en la tapa por donde pasar el filo de las navajas, pero resultó inútil. Siguieron haciendo presión para intentar abrir la cubierta, pero esta se les resistía.–Tenemos que sacarlo del nicho– dijo J.C. que empezaba a arrepentirse de haberse metido en aquel lío. No veía la forma de abrir el sarcófago. David y él no eran lo bastante fuertes para lograrlo sin ayuda pero no quería quedar como un fracasado delante de Mandy y Romina.

¿Dónde demonios se había metido Tom? No era capaz de localizarlo en medio de aquella oscuridad. –Tom, necesitamos tu ayuda para hacer palanca. ¡No seas gallina!

Por fin, de una patada certera, David consiguió abrir el ataúd. Apareció ante su vista un cuerpo vestido con algo parecido a un uniforme militar. Vio una calavera con algunos manojos de pelo claro aun adheridos al cráneo de aquel pobre infeliz fallecido en la flor de la vida.

Las chicas se acercaron lentamente hasta el cuerpo exhumado. Tom permanecía a su lado, con el rostro macilento y la expresión descompuesta. Las jóvenes se quedaron sin palabras. Era la primera vez que veían un cadáver en su vida. Se acercaron un poco más pero de inmediato retrocedieron al observar un ligero movimiento en el  interior del ataúd.

–No os asustéis, seguro que hay gusanos vivos reptando debajo de ese uniforme raído– les tranquilizó David.

Pero al mirar de nuevo los restos mortales del malogrado heredero Kensington, se dieron cuenta de que se había producido un cambio sustancial: el cuerpo había comenzado a adquirir consistencia y los huesos originalmente descarnados estaban iniciando un asombroso proceso de regeneración. Los acartonados pellejos de piel que aun rodeaban el chasis de aquel hombre se densificaban por momentos y en poco tiempo, el cráneo de ese despojo mortuorio empezó a adoptar la forma de una cabeza humana reconocible. Las cuencas de los ojos se rellenaron con nervios, venas y vasos sanguíneos. El pelo volvió a crecer de forma aterradora en el cuero cabelludo de aquel engendro mientras una masa sanguinolenta de músculos y cartílagos recubría un rostro en estado embrionario. En escasos minutos, ese ser de ultratumba iba a volver a experimentar alguna forma desconocida de vida, y quien sabe qué tipo de intenciones tenebrosas albergaría en su interior.

La cripta de la familia Kensington.

La cripta de la familia Kensington se había convertido en una trampa mortal. Fuente: Flickr.com (Licencia CC)

Los adolescentes buscaron la salida de la cripta despavoridos. Los jóvenes gritaban sin cesar pidiendo ayuda, pero sabían que se habían quedado solos. Era la noche de Halloween y todos los residentes de la localidad estaban pasándoselo en grande en la fiesta del pueblo. J.C. estaba sobrepasado por los acontecimientos y atenazado por el miedo. Había perdido el sentido de la orientación y no era capaz de encontrar el camino de salida. David rezaba sollozando por salir vivo de aquel lugar maldito mientras las chicas se abrazaban entre ellas, llorando con desesperación. Mandy se fijó en Tom, que parecía una sombra de lo que había sido hacía tan solo unos minutos. Tenía las mejillas hundidas, parecía mucho más delgado y los ojos se le estaban empezando a salir de las órbitas. Su pelo se había vuelto ralo y fosco y apenas podía sostenerse en pie. Parecía un cadáver andante.

La metamorfosis casi se había completado. Tom Williams agonizaba mientras Philip Louis Kensington volvía a la vida cien años después de perecer por una herida de bala mortal en el corazón. Aquel fastidioso duelo en defensa de la  honra de su prometida, lady Wintermer, había acabado imprevisiblemente en tragedia. Pero aquel reflejo de sí mismo que había vislumbrado justo antes de abandonar el mundo de los vivos le había rescatado definitivamente de su descanso eterno. Su alma inmortal por fin había encontrado un cuerpo en el que volver a sentir vida. Uno de los dos Philip Louis Kensington debía desaparecer para permitir la supervivencia del otro. Él había luchado más fuerte y había vencido, como de costmbre.

J.C, David, Mandy y Romina subieron a rastras las escaleras de caracol que conducían a la superficie. Sin decir una palabra, abandonaron a la carrera la mansión Kensington. Jamás volvieron a hablar de lo ocurrido la noche de Halloween en que vieron con vida por última vez a su compañero Thomas Williams Kensington III.

+info:

El doble en la literatura fantástica: el doble, o “doppelgänger”, es el antagonista irreal de un personaje vivo de ficción. Habitualmente encarna el mal, la amenaza o la muerte. Según las leyendas del norte de Europa, ver a nuestro doble es una señal que indica la llegada de nuestra propia muerte.

Otros relatos sobre dobles en la literatura fantástica:

William Wilson. Edgar Allan Poe, 1839.

¿Él? Guy de Maupassant, 1889.

El retrato de Dorian Gray. Oscar Wilde, 1890.

Microrrelato. La huida

8 Ago

Microrrelato. La huida

Autora: Samia Benaissa Pedriza

La huida

La huida. Autor: Drew Geraets (Licencia CC)

Jonás abandonó en silencio la casa amparado por la oscuridad de la medianoche. Intentó no hacer ruido al abrir la puerta del coche y encender el motor. No se sentía orgulloso de dejar solas a June y a la pequeña Margareth con las deudas acumuladas y a expensas del casero al que ya debían tres meses de alquiler. Pero tenía que huir, dejar atrás aquel pueblucho perdido en medio de la nada. Volvería a buscarlas en cuanto tuviera ocasión. Esperaba que pudieran perdonarle.

Nada había salido como habían planeado cuando June y él se conocieron cinco años atrás. Sin un trabajo estable y de alquiler en aquella vivienda destartalada solo le quedaba  en propiedad su viejo Oldsmobile del 98, un recuerdo de un pasado lejano pero esperanzador.

Jonás se convenció de que no era un cobarde, solo necesitaba tiempo para pensar, ordenar sus ideas, comenzar una nueva vida lejos de allí. Echó un vistazo por última vez al puente sobre el río Trinidad antes de enfilar la carretera comarcal hacia un destino desconocido.

La noche lo envolvió con su aire caliente y húmedo. Llevaba recorridas ochenta millas cuando el cielo comenzó a cubrirse de nubes. Sintió la resistencia del viento cada vez con más fuerza a través de la ventanilla abierta. Un relámpago azul se enroscó a lo lejos.

Conectó la radio. En la SWKY sonaba Hold on, un tema antiguo de Tom Waits: “when there´s nothing left to keep you here, when you´re falling behind in this big blue world, oh, you got to hold on”.

–Muy apropiado –pensó.

El indicador del depósito de gasolina le venía avisando desde hacía más de media hora. Tenía que repostar pronto o se quedaría tirado en medio del desierto californiano. Y lo último que deseaba era tener que enfrentarse solo a la amenazadora tormenta de verano que se estaba fraguando justo encima de su cabeza.

La tormenta eléctrica se acercaba

La tormenta eléctrica se acercaba. Autor: jwondga-d5hiz3u (Licencia CC)

Para colmo de males comprobó que el motor de su Oldsmobile se recalentaba por momentos. El vehículo tenía ya casi quince años de vida y estaba claro que no iba a aguantar mucho más. –Vamos viejo amigo, tienes que llevarme hacia un destino mejor, ¿no irás a dejarme tirado ahora, verdad? –.Un trueno rompió el silencio de la noche. Por el tiempo transcurrido entre la aparición de los primeros rayos y el sonido atronador calculó que tendría la tormenta encima en menos de una hora. Tenía que detenerse necesariamente en la próxima gasolinera que surgiera en el horizonte.

La presencia de rayos era constante en la autopista

La presencia de rayos era constante en la autopista. Autor: James Bo Insogna (Licencia CC)

Había comenzado a llover. Jonás vio a lo lejos el cartel anunciador. “Estación de servicio”, rezaba la insignia de neón. Llenaría el depósito, compraría refrigerante para el motor y se marcharía sin demora en busca de un motel cercano en el que pasar la noche. Esperaba que el dependiente no le hiciera preguntas, no estaba de humor para conversaciones nocturnas.

“Pruebe el mejor café de la ciudad. El café de Martin”, leyó en la entrada. Martin debía ser el dueño y señor de aquel tugurio de carretera con zona de repostaje.

La gasolinera apareció como surgida de la nada

La gasolinera apareció como surgida de la nada. Autor: Jim Crossley (Licencia CC)

Llenó el depósito del Oldsmobile y entró en el café-colmado para abastecerse de provisiones. Añadió unas cervezas. Iba a necesitar templar esos nervios si quería llegar sano y salvo a su destino.

–¿Algo más, señor? – le preguntó la cajera, casi una adolescente, detrás del mostrador–. –¿No quiere probar el café de Martin? Es la especialidad de la casa.

–Otra vez será.

–En realidad hace años que Martin Wilson dejó de regentar este lugar. Se jubiló y se fue a  vivir a Florida, pero su café sigue atrayendo a los clientes, ¿sabe?

Jonás asintió con desinterés. Lo último que quería era entablar una conversación con aquella locuaz y desocupada chica.

–¿Cuánto es?

–Son treinta dólares con setenta y cinco centavos, señor. Gasolina incluida. Que tenga un buen viaje.

Jonás salió del café, abrió una lata de cerveza y le dio un sorbo antes de comenzar a refrigerar el motor del Oldsmobile. Pronto se puso de nuevo en marcha. Cuarenta minutos después de dejar atrás la estación de servicio, la tormenta había dejado de ser una amenaza para convertirse en una certeza. Un cúmulo de nubes concéntricas avanzaba en la misma dirección que el Oldsmobile de Jonás, solo que mucho más rápido. Jonás se dio cuenta de que en pocos minutos el núcleo de la tempestad sobrevolaría su mismo espacio.

De pronto comenzó a llover con una intensidad inusitada. Los rayos alumbraban el paisaje desértico a un ritmo estroboscópico. Las rachas de viento azotaban sin consideración los cristales del vehículo y el estruendo que Jonás soportaba en sus oídos era infernal. Había escuchado antes historias sobre tormentas de verano, pero ninguna le resultó tan aterradora como la que estaba protagonizando en aquellos momentos.

La tormenta rotaba en superceldas encima de la carretera

La tormenta rotaba en superceldas encima de la carretera. Autor: Fir0002/Flagstaffotos (Licencia CC)

Jonás se dio cuenta de que aquella tormenta eléctrica no era usual. Demasiada energía, demasiada presión en la atmósfera, demasiada violencia. El coche comenzó a dar bandazos. No podía controlar la dirección, una fuerza incontrolable le impulsaba hacia arriba. La radio se sintonizó como por arte de magia y Hold on volvió a sonar entre el ruido ensordecedor: “Take my hand, I´m standing right here. You got to hold on”.

Sintió pánico. ¿Qué estaba ocurriendo? Su teléfono móvil no tenía cobertura, pero en la radio seguía sonando Tom Waits. –¡Para ya de tararear, imbécil!

Y de repente sucedió. – ¡Dios, no puedo ver nada, no puedo moverme, ni siquiera respirar! ¡Que alguien me ayude!

***************

Jonás se despertó en el interior del automóvil, aparcado a un lado de la carretera. Amanecía. La vista entre el cielo y la tierra del desierto californiano era espectacular. Pero Jonás estaba demasiado aturdido y desorientado para apreciarlo, no se acordaba de casi nada de lo que había ocurrido la noche anterior. Recordaba su huida y la tormenta, pero no sabía dónde se encontraba, ni como había llegado hasta allí. La autopista parecía estar en el mismo lugar en el que la había dejado la noche anterior pero no reconocía el entorno. No había ninguna señal en el camino que le indicara la localización y la interestatal estaba desierta a aquella prematura hora de la mañana. Decidió reanudar la marcha si es que su viejo Oldsmobile se lo permitía.

Los recuerdos se agolpaban en su viaje de ida por el desierto

Los recuerdos se agolpaban en su viaje de ida por el desierto. Autor: Steven Janke (Licencia CC)

Recordó haber repostado en una gasolinera. Poco a poco su cerebro se ponía en marcha, pero necesitaba una buena dosis de cafeína para despejarse por completo. Tres millas mas tarde vio la señalización métrica de la vía y una milla más adelante apareció en la distancia una estación de servicio. Necesitaba un café doble y un analgésico potente para aliviar la colosal migraña que tenía instalada en su cabeza. No recordaba haber bebido pero se sentía resacoso, como en los viejos tiempos, cuando solía emborracharse con sus colegas del instituto los fines de semana en que los Nicks jugaban en casa.

“La estación de servicio a su servicio. Abierto 24 horas”. Autor: David dbking. (Licencia CC)

“Pruebe el mejor café de la ciudad. El café de Martin”, decía la inscripción en la entrada del café de la estación de servicio. Entró en la cantina donde algunos clientes saboreaban ya los primeros cafés del día acompañados de bollos recién horneados. Un hombre de mediana edad con uniforme de camarero se dirigió a él.

–¿Qué te pongo, muchacho? ¿Uno de mis famosos cafés? Apuesto a que lo quieres solo con mucho azúcar. ¿Me equivoco?

No se equivocaba. –Gracias, tomaré un expresso.

El “jefe” se puso manos a la obra. Autor: atmtx (Licencia CC)

El “jefe” se puso manos a la obra. Autor: atmtx (Licencia CC)

El comedor  le resultaba familiar. Demasiado familiar. Había estado antes en aquel lugar. Para ser exactos la noche anterior. Le había atendido una joven dependienta tras ese mismo mostrador que sorprendentemente ahora aparecía repleto de apetitosas tortitas, bollos de canela y fragantes tartas de limón. Los taburetes y las mesas lucían mucho más nuevos de lo que le habían parecido justo unas horas antes. Pero aquel hombre no podía ser Martin. Martin estaba jubilado y vivía en Florida.

–¿No se llamará usted Martin, por casualidad? –le preguntó Jonás.

–Pues claro, chaval. Soy el fundador de este lugar. Mi café es legendario en veinte millas a la redonda. ¿No has visto el letrero al entrar?

Echó un vistazo rápido a la puerta de entrada pero sus ojos se detuvieron en otro objeto, situado del otro lado de los ventanales. Su Oldsmobile seguía esperándole. La carrocería ya no estaba abollada. El parachoques estaba nuevo a estrenar y la pintura refulgía. ¿Estaba teniendo una alucinación?

El Oldsmobile descansaba renovado de su periplo por la carretera

El Oldsmobile descansaba renovado de su periplo por la carretera. Autor: Brandon Doran (Licencia CC)

Sintió como un escalofrío le sacudía la espina dorsal. Estaba seguro de haber recorrido más de treinta millas en dirección norte después de repostar en aquella misma estación la noche anterior. Fue entonces cuando le alcanzó la tormenta.Se dio la vuelta y contempló de nuevo el lugar. La escena le resultaba irreal. Todo parecía estar en orden y sin embargo intuía que algo no encajaba del todo. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón en un intento de localizar su móvil. Había desaparecido.

–¿Puedo realizar una llamada desde su móvil? Creo que he perdido el mío –le preguntó al dueño.

–Claro, chico –le respondió este.

Martin le entregó un añejo modelo de la marca Nokia. Debía ser tan antiguo que Jonás dudó de que llegara realmente a funcionar. En aquel lugar perdido la civilización se resistía a evolucionar. Se apartó de la barra y marcó el número de June. Por casualidad fijó la vista en el espejo de detrás del mostrador. Un joven veinteañero le devolvió la mirada. El pelo castaño y rizado sujeto hacia atrás en una cola de caballo, el rostro imberbe, la camisa de cuadros de franela y el vaquero descolorido eran inconfundibles. El  tatuaje en el antebrazo derecho no dejaba lugar a dudas. Era el símbolo de los Nicks que Jonás se había tatuado en el último año de instituto.

De fondo escuchó una canción. El local tenía sintonizado el hilo musical. –”Acabáis de escuchar Hold on, el nuevo tema de Tom Waits, de su álbum Mule Variations, recién salido al mercado. Buenos días, California, soy Brad Walters, y estáis sintonizando la SWKY”–.

Jonás dejó caer el móvil y corrió hacia el expositor de periódicos.

–¿Qué día es hoy? –le gritó al dueño del establecimiento.

–Muchacho, ¿no habrás estado bebiendo? No quiero problemas en mi local.

–¿Qué día es hoy? –repitió con desesperación.

–Siete de agosto, hijo.

–¿De qué año? –Jonás gimoteó.

El hostelero enmudeció. Tras una pausa que a Jonás le resultó insoportable contestó:

–1999, por el amor de Dios, muchacho, ¿pero qué mosca te ha picado?

+ info:

Hold On, tema nominado a los premios Grammy del álbum Mule Variations, de Tom Waits (ANTI-, 1999). Duración: 4:23 minutos. Fuente Vimeo:

Microrrelato. La caja de Pandora

23 Abr

Feliz lectura en el día del libro:

Libros antiguos encuadernados

Libros antiguos encuadernados. Autor: James DeMers (Imagen de dominio público)

La caja de Pandora (inspirado en una historia real)

Microrrelato. Autora: Samia Benaissa Pedriza

El brazo articulado del robot había extirpado del vientre del galeón hundido varias cajas de monedas de oro y plata, algunas piezas de cañones y restos de lo que parecían haber sido unos uniformes militares. El equipo encargado de las extracciones llevaba horas trabajando bajo el sol abrasador de las costas portuguesas. Afortunadamente corría algo de brisa, que hacía algo más llevadera la tarea de recuperar lo que el mar había ocultado en su seno durante más de doscientos años. Los movimientos de los buzos que supervisaban la danza acrobática ejecutada por el costosísimo autómata parecían indicar que algo fuera de lo normal estaba ocurriendo ahí abajo. John Meyers, el jefe de operaciones, podía verlo claramente en la pantalla del monitor instalado en la cubierta del Nausica.

Sin dudar dio la orden de subir a la superficie aquel objeto pesado, apenas perceptible en el visor. Los dedos mecánicos de Max asieron con destreza los extremos de aquella forma inerte y la elevaron lentamente desde el fondo del océano. Meyers no podía evitar sentir una pizca de expectación por el nuevo hallazgo. Todo lo que habían recopilado hasta entonces era un amasijo de metales informes y un puñado de monedas que iban a necesitar un exhaustivo proceso de restauración antes de poder ser sacadas al mercado. La empresa para la que trabajaba ya había sido informada de que el pabellón del buque naufragado era español. La bandera hallada entre los restos del galeón no dejaba lugar a  dudas: el barco pertenecía a la armada española del siglo XIX. Meyers sabía que convenía mantener la boca cerrada si es que querían sacar algún provecho de la operación. Todos sus esfuerzos de años por recuperar aquel tesoro bicentenario no podían caer en saco roto. No tan fácilmente.

La caja que ahora reposaba en la cubierta era de un tamaño más bien pequeño. No parecía contener cerradura alguna. Estaba cubierta por una herrumbre verdosa que apenas dejaba ver una mínima inscripción grabada a fuego que no escapó a la vista del jefe de operaciones. Se trataba de un símbolo que su impericia le impedía interpretar con rigor. Lo fotografiaría y lo enviaría al departamento de simbología de la empresa. Su trabajo no consistía en descubrir misterios, sino en encontrar tesoros tangibles. Y  a ser posible, tasables en varios cientos de millones de dólares. Sin embargo, algo mantenía despierta su curiosidad. Al depositar la caja en el suelo le había parecido escuchar un sonido hueco. ¿Pero cómo era aquello posible? La caja era un objeto compacto sin fisuras, de eso estaba seguro. Lo había comprobado él mismo.

De inmediato ordenó que un operario abriera aquel objeto de metal podrido. Macfly acudió pertrechado con la pistola de fuego que iba a desentrañar aquel pequeño misterio de una vez por todas. Un mínimo error en la fundición podía arruinar el desconocido contenido de aquella caja de Pandora, pero Meyers era un hombre experto en correr riesgos.

El fuego derretía ya la superficie de la caja. En la escuela superior había aprendido que el papel  ardía a 451 grados Fahrenheit y más tarde la experiencia le enseñó que los metales se fundían al alcanzar una temperatura superior a los 2500 grados. Meyers ordenó a Macfly que parase. El boquete en la caja había dejado a la vista algo insólito que ninguno de los presentes esperaba encontrar aquel día y en aquel lugar.

No eran más monedas, ni más balas de cañón. Era algo extraordinario que iba a cambiar la historia de la Humanidad.

**************

En la noche del 26 de marzo del año del señor de 1804, Lorenzo de Paula supo que iba a morir. Se había embarcado como polizón en el Infanta Victoria por una razón muy poderosa: salvaguardar el libro que el gran maestre de la Orden de la Rosa le había encomendado. Lorenzo era el  guardián de los libros prohibidos de la logia masónica en la que había ingresado a la edad de veinte años. Había prometido respetar los principios de la orden y proteger sus secretos incluso con su propia vida. La tierna vida que iba a entregar al mar aquella misma noche si un milagro no lo remediaba. La tormenta había provocado un incendio en la bodega del galeón. Los truenos retumbaban en sus oídos y el viento azotaba su rostro sin piedad. “Soy demasiado joven para morir”, pensó. Pero el miedo que sentía no le impidió cumplir su misión. Lorenzo era un hombre de acción, trabajaba con su padre en la herrería de la ciudad. A menudo había jugado con las espadas que los caballeros le encargaban a su progenitor, fingiendo escenas de batalla en las que siempre salía vencedor.

Lorenzo buscó entre sus pertenencias las onzas de plomo y el molde de escayola que darían forma al sarcófago protector. De principia Astronomiae no debía caer en las manos equivocadas. Los descubrimientos de Rodrigo Gonzálvez, astrónomo y masón, iban a cambiar el rumbo de la Historia, pero no de su época. El mundo en el que vivían no estaba preparado para asumir revelaciones tan profundas y al mismo tiempo, tan revolucionarias. Tendrían que ser otros seres más evolucionados los encargados de conocer los secretos del universo y de la existencia humana.

El herrero sabía que debía actuar con celeridad. De Paula ya había conseguido dar forma a la caja en uno de los hornos que aun funcionaban en la cocina. Ya casi no quedaba tiempo. Cubrió la obra con una fina capa de papel vitela y la ató con unos cordeles. Introdujo el libro en el hueco de la caja y a continuación la obturó marcando a fuego el símbolo de la orden. El barco se hundía y el agua golpeaba con violencia las paredes de la estancia abandonada. Asió con fuerza la caja y salió como pudo a cubierta. El frío era helador y le paralizaba los sentidos. De repente, una ola gigante de veinte metros de altura le embistió engullendo con avidez su frágil y asustado esqueleto. Sintió que caía al mar envuelto en un torbellino de agua que le arrastraba hacia las profundidades del océano. Lo último que Lorenzo de Paula pudo ver en su corta existencia fue la caja de plomo sumergiéndose a la par que su cuerpo en el fondo del mar.

+ info:

El tesoro del Odyssey: historia real inspiradora de este microrelato. En el año 2007 la empresa estadounidense Odyssey Marine Exploration descubrió un tesoro del siglo XIX sumergido en aguas portuguesas.  El cargamento de metales preciosos se extrajo del interior de la fragata Mercedes, un barco de pabellón español que había naufragado en el año 1804 en aguas del Atlántico. La empresa intentó ocultar información con el fin de conservar como propios los restos recuperados. En el año 2012 el Tribunal supremo de Estados Unidos reconoció el expolio cometido por Odyssey Marine Exploration y ordenó la devolución inmediata del tesoro a las autoridades españolas.

Otras historias sobre guardianes de libros:

Producción ganadora del Premio Óscar 2012 al mejor cortometraje de animación: The fantastic flying books of Mr. Morris Lessmore (Los fantásticos libros voladores del Sr. Morris Lessmore).

Dirección: William Joyce y Brandon Oldenburg. Guión: William Joyce. Música: John Hunter. Duración: 15:07 minutos