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Cuento de Navidad. La cabaña

24 Dic

Felices fiestas desde Blogosphera

Autora: Samia Benaissa Pedriza

En el bosque

En el bosque. Fuente: Internet.

Aquel año Marie-Jeanne dispuso la mesa para siete comensales. Mientras colocaba los cubiertos podía escuchar a sus hijos menores trasteando en el piso de arriba. Su marido Charles y su hijo mayor habían ido en busca del inesperado huésped que recibirían aquella navidad. El nuevo párroco del pueblo iba a instalarse en su humilde morada hasta que finalizasen las obras de acondicionamiento de la iglesia.

Había encargado a Pierre-Jacques ir a cortar el tronco que encenderían aquella misma noche, como mandaba la tradición católica. Las cuatro velas de adviento permanecían encendidas desde hacía semanas y solo faltaba que el más joven de la familia –el pequeño Louis- hiciera el honor de prender el fuego, tras ser consagrado el tronco por el patriarca. Quizá en esta ocasión, el nuevo párroco quisiera darles también su bendición. Como cada año, conservaría las cenizas para alejar el mal de la casa y obtener buenas cosechas.

El adviento tocaba a su fin.

El adviento tocaba a su fin. Fuente: Internet.

Pronto llegarían todos y la familia se reuniría una vez más para dar las gracias al señor por todo lo logrado durante el pasado año. Debía afanarse si quería tener todo preparado a tiempo. Esperaba que Pierre-Jacques no se entretuviera demasiado en el bosque con cualquier pasatiempo. El tronco debía empezar a consumirse antes de que finalizara la noche.

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A sus catorce años, Pierre-Jacques se había convertido en un jovencito algo díscolo. Había protestado por tener que ir a buscar un “pedazo de madera hedionda” a lo más recóndito del bosque. Lo cierto es que solo tenía que cortar antes del alba un tronco de árbol que pudiera consumirse durante la nochebuena. Su madre, Marie-Jeanne se encargaría de avivar las brasas hasta la epifanía.

Mientras caminaba por el bosque, Pierre-Jacques pensaba en la apetitosa cena que su madre estaba preparando. Deseaba encontrar pronto un árbol cuyo tronco fuera suficientemente grueso y seco. La noche había caído desde que saliera de la granja familiar y el frío inclemente comenzaba a calarle los huesos. Había ido recogiendo algunos frutos de los árboles que iba encontrando. Más tarde los emplearía para alimentar a los cerdos que su padre criaba y de los que él mismo esperaba poder ocuparse algún día.

Había pasado ya la linde del río, cubierto a esa hora por un inquietante manto negro. Un paso en falso en la oscuridad dominante podía resultar fatal. La luna apenas iluminaba sus pasos y la ausencia de luz dificultaba su misión. Dejó atrás la cabaña de la anciana Arnault. La había reconocido por la luminiscente corona de muérdago que colgaba del porche. Corrían extraños rumores sobre aquella mujer enjuta y arrugada que apenas se dejaba ver por el pueblo. Había oído decir a su hermano Guillaume que la anciana practicaba la brujería. También le había advertido de que se mantuviera alejado de ella.

En el bosque reinaba la oscuridad.

En el bosque reinaba la oscuridad. Fuente: Internet.

Unos metros más allá, divisó algo que le hizo detenerse en seco. Una luminiscencia cegadora le hizo retroceder. Con el antebrazo intentó proteger sus ojos de aquella potente fuente de luz blanca. Un ruido sordo agudo atravesó sus tímpanos. El dolor que sentía era tan intenso que apenas podía procesar lo que estaba sucediendo. Hendido por la presión penetrante, vislumbró unas siluetas. Parecían acercarse. La luz se intensificó y Pierre-Jacques perdió el control de su cuerpo.

De pronto, regresó la más completa oscuridad. La espesura del bosque le rodeaba. Podía escuchar el sonido del viento y todo parecía haber vuelto a la normalidad. Decidió volver sobre sus pasos y regresar cuanto antes a su hogar. Desconocía lo que había sucedido en aquel punto del bosque hacía tan solo unos instantes. Solo sabía que no podía contar nada de lo que había experimentado si no quería que en la aldea lo tomasen por loco.

Avanzó un tramo entre la vegetación que ya no le resultaba familiar, sino salvaje y amenazante. La peculiar entrada de la morada de Madame Arnault surgió ante él. A pesar de la tenue fosforescencia, la casa no parecía habitada. – ¿Cómo era posible? ¡Caminaba en dirección contraria! ¿Se había desorientado tanto que había vuelto al punto de partida?- Pierre-Jacques retrocedió y se internó de nuevo en el bosque, en dirección al río. Avanzó aterido y asustado hasta que sus ojos localizaron un habitáculo familiar. La corona de muérdago brillaba en la lóbrega noche, inanimada en el umbral de la choza espectral de Madame Arnault. Una vez más.

La cabaña de Madame Arnault.

La cabaña de Madame Arnault. Fuente: Internet.

Pierre-Jacques se santiguó y comenzó a rezarle a todos los santos que conocía. Sin duda, aquello debía ser obra del diablo. Temía haber muerto y estar en el infierno. En su desesperación, la imagen de su padre se le apareció. “Si te pierdes en el bosque, busca el norte, hijo mío”. Pierre-Jacques cerró los ojos y corrió con todas sus fuerzas en esa dirección, completamente a ciegas.

Cuando abrió los ojos el silencio lo rodeaba de nuevo. De repente, la quietud se vio interrumpida por una resonancia ahogada. Percibió a lo lejos unas sombras. Cada vez estaban más cerca. ¡No!, gritó. ¡Otra vez, no!

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– ¡Pierre-Jacques!, ¿dónde estás? ¡Te estamos buscando!, gritó Charles d´Alembert, en la soledad de la noche. Le acompañaban su hijo mayor Guillaume y Monsieur Girault, el recién nombrado párroco de la aldea de Saint Gobain des Prés.

Las teas iluminaban la negrura de aquel bosque encantado. Los pasos de la comitiva expedicionaria eran el único sonido que el oído humano podía percibir en aquella madrugada, a excepción del viento envolvente y turbador.

Entre el boscaje, localizaron un cuerpo desfallecido, tendido en el suelo. ¡Era Pierre-Jacques! Charles d´Alembert corrió hacia su hijo. Lo sacudió y envolvió entre sus ropajes, intentando que entrase en calor. Cuando Pierre-Jacques reaccionó y vio el rostro de su padre, creyó estar delirando.

– ¡No, otra vez no!, exclamó.

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Ninguno de los allí presentes llegó nunca a conocer con exactitud qué sucedió la nochebuena de 1798 en el bosque de la pequeña aldea de Saint Gobain des Prés. El párroco, Monsieur Girault, celebró la misa del gallo la misma noche de su llegada al pueblo, agradeciéndole al señor su benevolencia y a la familia de Monsieur d´Alembert, su hospitalidad. Pierre-Jacques jamás mencionó nada que pudiera recordar los inexplicables acontecimientos que sucedieron la nochebuena del año que se perdió en el bosque.

+ info:

Tronco de navidad

Tronco de navidad. Fuente: Internet.

Antiguamente, en el sur de Francia se cortaba un tronco de árbol -preferentemente frutal- que debía consumirse entre la nochebuena y la epifanía. El tronco se decoraba con las hojas del árbol y se colocaba en la chimenea para que ardiese lentamente. Los habitantes de la casa conservaban las cenizas de un año a otro para protegerse del mal de ojo y atraer la buena suerte durante las cosechas. El cabeza de familia debía bendecir el tronco antes de que el miembro más joven lo encendiera.

En la actualidad, esta tradición ha inspirado un dulce navideño muy popular de origen francés, el tronco de navidad (o “Bûche de Noël”), elaborado a partir de un bizcocho relleno de crema y recubierto de chocolate.

Microrrelato. La extraña lavandería

11 Feb

Autora: Samia Benaissa Pedriza

La extraña lavandería.

La extraña lavandería. Fuente: Internet.

La doctora Zimerman despidió a su último paciente y se dirigió al cuarto de la colada. Dosificó el fragante detergente y a continuación presionó el botón de encendido de su máquina de lavar, pero no hubo señal alguna de funcionamiento. Revisó varias veces la conexión de su moderna lavadora antes de darse por vencida y reconocer que debería acudir sin demora a la lavandería del barrio. Faltaba solo una hora para cerrar.

Recorrió dos manzanas y entró en el pequeño establecimiento de paredes de cristal. Desde fuera podía verse la hilera de lavadoras de tamaño casi industrial cargadas de ropa ajena girando hipnóticamente a intervalos regulares. Sara Zimerman embutió su ropa de trabajo en el tambor de la máquina número 3. En la sala de espera permanecía solo una mujer de rasgos hispanos que parecía mirar absorta uno de los aparatos.

La doctora Zimerman comenzó a leer una revista de moda que había traído para amenizar la espera. Al poco tiempo llegó un joven desarrapado con dos bolsas de ropa sucia. Debía ser uno de los “ocupantes” del antiguo cine, ahora en ruinas y habitado por un colectivo de “artistas-activistas” -o comoquiera que se hicieran llamar- que habían tomado posesión del lugar ilegalmente.

-Buenasss tardeees, señoras…

-Buenas tardes-, dijo despectivamente la doctora Zimerman. La otra mujer no respondió, seguía en trance. Era evidente que se encontraba bajo los efectos de algún narcótico de uso común. Sara Zimerman se lamentó de la cantidad de personas que en la actualidad se medicaban sin control médico.

El joven de rastas descoloridas se sentó a su lado una vez comenzada su colada. Sacó un librito del bolsillo trasero de su pantalón y comenzó la lectura de un tratado de filosofía. A Sara Zimerman el ser humano nunca dejaría de sorprenderla. Se concentró mentalmente en la lista de la compra mientas admiraba los trajes de la última colección de Chanel.

Colección de trajes de Chanel.

Colección de trajes de Chanel. Fuente: Internet.

Al levantar un momento la vista de la revista, lo apercibió primero de refilón. Una visión alarmante hizo que la sangre se le helara en las venas. -Un ataque de pánico, ahora no, Sarita. Eso ya lo habíamos superado hace tiempo-. Respiró hondo y continuó leyendo.

Pero al poco tiempo sucumbió a la tentación y miró de nuevo. Esta vez le pareció ver fugazmente un rostro amenazador entre las brumas del jabón y la espuma del suavizante. –Demasiado Valium, Sara. Vas a tener que ajustarte la dosis nocturna-, reflexionó, y acto seguido volvió a sumergirse en otro tipo de visiones más alentadoras. Brad Pitt la miraba desde las páginas satinadas del Vogue, ataviado con un esmoquin de gala en una entrega cualquiera de premios de cine.

Media hora después, un pitido agudo indicó al joven okupa el final de su programa de lavado. Guardó su tratado, recogió su colada limpia y perfumada y se encaminó hacia la salida.

Au revoir, mesdames. Por cierto, qué máscara mássss chulaaaa …. Parece taaan real…-, dijo señalando con el dedo un tambor que centrifugaba.

-Adiós, adiós-, le respondió Sara Zimerman. – ¡Así que solo se trataba de una máscara! Debía haberlo deducido: asociaciones y disociaciones. ¡Si lo practicaba todas las semanas con la señora Braun!-.

Caía ya la tarde y su programa de secado estaba a punto de terminar. La mujer hispana, seguramente una trabajadora del hogar de mediana edad, no se había movido del sitio. A la doctora Zimerman le pareció que reunía el perfil de una mujer maltratada por la vida. Una vez a solas, decidió acercársele y hablarle de la posibilidad de recibir ayuda profesional.

Juana Ramírez, lavandera.

Juana Ramírez, lavandera y figura destacada de la independencia de Latinoamérica. Fuente: Internet.

– ¡Hola, querida!, Soy la doctora Zimerman y me gustaría poder ayudarla-. La mujer le dirigió una mirada vacía.

-A veces es mejor permitir que salga todo fuera, expresarse sin miedo, dejarlo fluir. Porque usted le teme a algo, ¿no es cierto? Por cierto, ¿cómo se llama, querida?

-Amelia-, susurró la mujer.

– ¿Y a qué le teme, Amelia? Se trata de un marido agresivo y malhablado, ¿verdad?-. La mujer asintió con la cabeza.

-No debe preocuparse, yo puedo ayudarla a mejorar su vida-. La mujer se giró entonces ante el rostro tranquilizador de la doctora Zimerman:

– Tomé la decisión mientras dormía. Corté por lo sano.

-Muy bien, querida. Hizo usted lo que debía. Hay que deshacerse del pasado ¡para poder seguir adelante!

-Sí, doñita. Lleva usted razón-. Sara Zimerman prosiguió su discurso, arrebolada:

-Los golpes, los insultos, las amenazas… ¡La perfidia debe ir directa al contenedor de la basura!

Entonces, Amelia González se levantó, abrió la puerta de la máquina número 2 y sacó aquella máscara extraña de la oscuridad que la rodeaba.

-Sin duda, la conducta humana es asombrosa-, pensó Sara Zimerman. Jamás hubiera imaginado que aquel objeto terrorífico pudiese pertenecer a una mujer como aquella. La doctora no pudo evitar mirar con repulsión los ojos sanguinolentos, el inquietante rictus de la boca y la piel tumefacta cortada a navaja.

Amelia la introdujo en una bolsa de nailon para la compra, salió del establecimiento y la tiró al contenedor de la basura. En el corto lapso de tiempo que duró el trayecto de vuelta a la lavandería, la doctora Zimerman asoció, desasoció y volvió a asociar hasta que llegó a una espantosa conclusión.

Entrando en pánico, aun pudo articular algunas palabras sin sentido: -¡Mientras dormía!, ¿La máscara?, ¡El contenedor!, ¿Amelia?-.

La esposa maltratada, que no entendía gran cosa, le replicó:

– ¡Ay mijita!, ¡Qué máscara ni que nada! ¿Pues no me dijo que botara la cabeza maldita de mi esposo, el diabólico? Allí la dejé, pues, en el saco de las inmundicias.

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