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Microrrelato. Indian summer

25 Sep

Microrrelato

Indian summer

Autora: Samia Benaissa Pedriza

El bloqueo del escritor.

El bloqueo del escritor. Fuente: Internet

Atardecía y David no había podido hilvanar aun una frase coherente. Las horas transcurrían improductivas y su paciencia estaba a punto de agotarse. El bloqueo del escritor, se había dicho al comenzar. O más bien la ausencia de talento. A esas alturas ya no abrigaba esperanzas de que las musas fuesen a inspirarle ideas prodigiosas o reveladoras.

Hacía dos semanas que debía haber entregado el manuscrito. Iba a ser su segunda novela tras el éxito inesperado de su opera prima, una obra escrita sin demasiadas pretensiones. Extrañamente, alguien la había leído, se había corrido la voz y David había acabado en manos de un editor de novelas de misterio que ahora le machacaba sin piedad con odiosos y estrictos plazos de entrega.

David solo llevaba unas horas en aquel lugar aislado de la civilización. Abandonó la ciudad y condujo hasta aquella casa rodeada de vegetación al borde del mar. Se había instalado con sus escasas pertenencias y algunos víveres con la intención de pasar el fin de semana en soledad.

No le estaba resultando fácil satisfacer las expectativas. En realidad, ignoraba el secreto de su éxito. Había escrito En la oscuridad en solo tres meses, en una fase de inconsciencia juvenil imposible ya de recuperar. Aquello había ocurrido siete años atrás y ahora era incapaz de componer otra imbricada historia de seres fantásticos para adolescentes ávidos de emociones fuertes.

Literatura fantástica.

Literatura fantástica. Fuente: Internet.

La noche cayó sin que David se diera apenas cuenta. Pensó que un poco de música le ayudaría a trabajar. Buscó algún tema propicio para acompañar aquel final del verano. Lo único que encontró fueron vinilos antiguos y un viejo tocadiscos. Milagrosamente, consiguió ponerlo en funcionamiento y Billie Holiday gorgojó con clase en el salón.

Pasaron las horas muertas. Al filo de la medianoche David comenzó a sentir el peso del aislamiento. Las sombras rodeaban la casa y solo se escuchaba el sonido amortiguado de las olas rompiendo en la orilla del mar. Decidió asegurar las ventanas y cerrar con llave la entrada. No deseaba pasar la noche a merced de lo desconocido.

Pero David no encontraba la llave. Al llegar, la había depositado en el escritorio y no recordaba haberla cambiado de lugar. Removió todos los objetos que se encontraban en la habitación pero la llave no aparecía. Media hora después, comenzó a inquietarse de veras. La temperatura había caído varios grados y el aullido del viento que empezaba a levantarse le resultaba amenazador.

Fuera reinaba una extraña oscuridad bañada en luz. Era como estar entre dos mundos. Le pareció escuchar un ruido áspero y sibilante a la vez. Giró el pomo de la puerta y salió al exterior. Agudizó los sentidos. David tenía la sensación de que una presencia desconocida y malintencionada rodeaba la casa. Volvió a entrar sin poder atrancar la dichosa cerradura. ¿Dónde estaba la maldita llave?

Entre tinieblas.

Entre tinieblas. Fuente: Internet.

Entrada la madrugada David buscaba la llave con frenesí. El miedo había invadido cada célula de su ser. Recorrían su mente todo tipo de pensamientos irracionales y en su cabeza resonaba la voz de Billie Holiday sin cesar. Aunque en la casa solo se oían sus propios sollozos y gritos de desesperación.

La casa era el único punto de luz visible en la distancia. En su interior, un hombre encorvado, con el pelo desgreñado y la mirada perdida arrancaba pedazos de suelo y fragmentos de pared con las manos descarnadas.

La luz del alba se filtró entre las formas agitadas de la habitación. El caos rodeaba al malogrado escritor que había caído rendido entre papeles desgarrados y muebles destrozados. David se incorporó con cuidado y tomó conciencia de su situación. El pánico había dado paso a la extenuación.

Por fin, el sol se abrió paso entre las nubes de una cálida mañana de septiembre. Era el indian summer. Sin explicación, la llave que David había estado buscando toda la noche hasta la enajenación apareció perfectamente encajada en la cerradura.

La llave.

La llave. Fuente: http://www.20minutos.es (Licencia CC).

+ info:

El indian summer es un tiempo de transición entre el final del verano y el inicio del otoño. Ocurre anualmente, entre mediados y finales de septiembre. Mientras dura las temperaturas diurnas son inusualmente cálidas y el tiempo, soleado.

Indian summer es la denominación que el fenómeno atmosférico recibe en Estados Unidos. En España nos referimos a él como “veranillo de San Miguel” en honor al patrón de San Miguel cuya festividad se celebra el 29 de septiembre. En Alemania se denomina Altweibersommer y ocurre por las mismas fechas.

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Microrrelato. “Noche de Halloween”

31 Oct

Microrrelato. Noche de Halloween

Autora: Samia Benaissa Pedriza

Noche de Halloween.

Noche de Halloween. Autor: Jackins (Imagen de dominio público)

El ruido de feria y el bullicio del público se colaban amortiguados en el interior del carromato de Madame Trouard, vidente, cartomántica  y hechicera en sus ratos libres.

–¿Qué ve en mis manos, Madame Trouard?, le preguntó la joven Romina Smith-Jones.

– Vas a tener una vida larga y dichosa, jovencita – le contestó la mujer tras acariciar la palma de su mano.

–¿A quién más le gustaría conocer su futuro? – la mujer se dirigió al grupo de adolescentes que habían acudido a su llamativa carreta aquella noche de Halloween. A las afueras del pueblo se había organizado una fiesta dedicada a niños y mayores para celebrar la noche de las brujas. Cada año por las mismas fechas, los niños recorrían las casas con la tradicional  amenaza de “truco o trato”. Más tarde, la mayoría seguía la fiesta en las atracciones de feria que las autoridades locales habían acordado instalar en el terreno colindante con los antiguos dominios de la familia Kensington.

– Jovencito, siéntate ahí y mira fijamente la bola de cristal – le conminó la mujer a un muchacho espigado de unos quince años de edad.

– Lo que usted diga, señora–  respondió Jonathan Charles Wallace, más conocido entre sus amigos como J.C. Estoy preparado para conocer mi futuro. ¿Voy a ser el nuevo John Lennon?

La adivina le dirigió una mirada tan intimidante que J.C. creyó que le había echado el mal del ojo. Pero Madame Trouard decidió proseguir con el numerito.

– Quiero que te concentres y mires ahí dentro. Si el destino lo quiere conocerás tu futuro.

J.C intentó concentrarse, incluso llegó a cerrar los ojos, pero no logró ver más que su reflejo distorsionado en el cristal transparente de aquel objeto romo. Como no quería perder la atención que Romina le estaba prestando por primera vez aquella noche después de semanas de cortejo, decidió fingir una visión.

– ¡Guau, tíos, qué pasada!. ¡He visto cómo será el futuro! Voy a ser alguien importante, de eso podéis estar seguros… Prometo acordarme de vosotros cuando sea rico y famoso.

– Venga J.C., deja de vacilarnos. No has visto nada de nada–  le espetó David Lemons, su mejor amigo y compañero de fatigas en el único instituto de enseñanza secundaria con que contaba el remoto pueblo de Lesbury.

–¡Silencio! ¿Acaso no creéis en el  poder de la magia? No deberíais tomaros mis advertencias tan a la ligera–. – Tú–  ordenó la pitonisa a Tom Williams. Quiero que ocupes el lugar de tu amigo en la mesa. Veamos que te deparará el futuro.

Tom era el más tímido del grupo. Sintió como sus orejas se encendían, adquiriendo inmediatamente el color de la grana. Intentó decirle a la mujer que no creía en esas cosas, pero la mirada penetrante de la adivina suponía todo un desafío y no supo cómo desobedecer aquella orden directa sin parecer un “gallina” ante las chicas y frente a sus amigos.

– Concéntrate, mira a través del tiempo y del espacio… Ahora dinos qué ves, jovencito.

Tom oía la voz de Madame Trouard alejada en la distancia. Sintió que se sumergía en un sueño ligero. Percibió un galope de caballos que se acercaban en mitad de la noche. Dos carruajes se aproximaron hasta el lugar donde se encontraba Tom. Dos grupos de hombres jóvenes descendieron las escalerillas de los vehículos abrigados con capas de vuelo decimonónicas. Alguien sacó de un estuche de terciopelo azul dos pares de armas de fuego, refulgentes a la luz de la luna. Dos jóvenes se separaron del resto y se acercaron al punto de referencia, lanzándose miradas de profundo desprecio. Se pusieron de espaldas y dieron quince pasos en dirección contraria. Cuando el más alto se dio la vuelta a Tom se le heló la sangre. ¡Tenía sus mismos rasgos! Vio como su oponente le apuntaba con su arma de fuego y disparaba. Sintió el roce de la bala en el aire. El doble de Tom también descargó su pistola de duelo de forma casi inmediata, rompiendo con estridencia el silencio de la noche.

Tom sintió un nudo en el estómago. Experimentaba una aguda sensación de espanto y un intenso dolor en la parte izquierda de su cuerpo. El eco de la sangre bombeada por su corazón resonaba amplificado en sus oídos. “Bum, bum. Bum, bum. Bum, bum”. Hasta que de pronto dejó de escucharlo. Su corazón había dejado de latir. El joven de la cabellera dorada había sido herido por su rival. De forma repentina, Tom tuvo la impresión de que aquella persona tan parecida a él lo estaba mirando directamente a los ojos. No pudo sostener por más tiempo su mirada. Oyó de nuevo la voz de Madame Trouard como si fuera una letanía y supo que debía despertar de aquella ensoñación.

– Dinos qué has visto, Tom. Parecías ensimismado, le preguntó Mandy White preocupada.

– En realidad, no he visto gran cosa–  mintió.

– Creo que ya es hora de irse, chicos. ¿Quién se apunta a una incursión nocturna en la vieja mansión Kensington? – propuso J.C.

-Madame Trouard, ha sido un placer, dijo David al salir del exiguo carromato de la adivinadora.

La mansión Kensington.

Los jóvenes iniciaron su particular viaje a ninguna parte. Autor: Shane Gorski (Licencia CC)

El grupo se dirigió al antiguo caserón de la familia Kensington, ahora abandonado por falta de recursos tras la desaparición del último miembro del clan de aristócratas terratenientes de Lesbury, hacía ya más de tres décadas.

Los cinco jóvenes franquearon las verjas oxidadas de la mansión en ruinas y se adentraron en la penumbra del interior de la casa. La galería de retratos les acogió amenazadoramente desde la escalera principal. Apenas se vislumbraban los rasgos de los sucesivos propietarios de aquella morada ahora en decadencia, todos unidos por lazos de sangre y dominación a través de los siglos.

Los jóvenes entraron en el salón de gala. Los muebles de la casa permanecían cubiertos desde hacía décadas por grandes sábanas blancas creando en la tiniebla inquietantes formas espectrales. David se acercó maliciosamente a Romina por detrás.

– ¡Buuh!, soy el fantasma del amo Kensington y he venido a por ti.

– Menudo susto me has dado, ¡serás idiota! –le gritó.

Romina se dio la vuelta y se alejó del opaco ventanal, cubierto en su totalidad por años de polvo y suciedad acumulada. La joven apartó los restos de lo que parecían haber sido unos opulentos cortinajes, dejando pasar al interior un rayo de luz de luna. Un lateral de la estancia quedó iluminado dejando a la vista un tramo de escaleras subterráneas apenas visible en medio de aquella oscuridad.

– David, déjala en paz. Vamos a bajar por esas escaleras, a ver a donde conducen–  ordenó J.C.

El grupo descendió por una angosta escalera de caracol hasta las profundidades de la cripta de la familia Kensington. La aprensión se apoderó de los cinco jóvenes. Sus pulmones se llenaron de aire viciado y de un denso olor a putrefacción. Ninguno osaba dar un solo paso en aquel mausoleo de tumbas centenarias. Finalmente fue Mandy White la primera que se atrevió a escudriñar las lápidas funerarias esparcidas por el suelo.

–Seréis cobardes, ¿no os da vergüenza? – se dirigió a los chicos, fingiendo seguridad.  ¿Vais a dejar que esta damisela recorra sola este lugar?

–Menuda  “damisela”… –David le murmuró a Tom al oído.

–Te he oído, David– le ladró Mandy a la cara.

J. C. aprovechó entonces para acercarse más a Romina. –Vaya noche de Halloween nos estáis haciendo pasar– le espetó Romina.

–Es la noche de las brujas y de los muertos vivientes, Romina. ¿Qué esperabas? – le contestó J.C con burla. – ¿Quién se atreve a abrir estas tumbas?

Tom comenzó a sentirse mareado. –Chicos, será mejor que lo dejemos. Ya nos hemos divertido bastante por esta noche.

– Pero si acabamos de empezar– le dijo David, exultante. –Vamos, J.C. ayúdame a deslizar esta losa–. Leyó en voz alta la inscripción: Philip Louis Kensington, nacido en 1861 y fallecido en 1886. Señor Kensington – continuó– en breves instantes tendremos el placer de conocerle personalmente.

–Dejadlo ya, por favor– les suplicó Romina.

–Venga Tom, ayúdanos, ¡esta piedra pesa mucho! – exclamó David.

Tom se sentía cada vez peor, el recinto daba vueltas a su alrededor y sentía como las piernas le flaqueaban. Estaba al borde del desmayo.

–¡Ahora, David! Un esfuerzo más. ¡Ya casi está! – exclamó a su vez J.C.

Finalmente los jóvenes lograron deslizar la pesada lápida de granito, envejecida por el paso del tiempo y la humedad de la cripta. En el interior de la sepultura descansaba un ataúd de madera cubierto por un fenomenal entramado de telas de araña.

– ¡Qué tétrico, tíos! – se maravilló J.C.

– ¿No pensaréis abrirlo también? – dijo Romina en un suspiro.

David y J.C. buscaron en la cripta alguna herramienta útil para dar inicio a aquella macabra tarea de profanación de cadáveres. Pero no encontraron nada, a excepción de sus propias navajas suizas. Empezaron por cortar las cuerdas que rodeaban las empuñaduras de cobre del féretro. Intentaron abrir un hueco en la tapa por donde pasar el filo de las navajas, pero resultó inútil. Siguieron haciendo presión para intentar abrir la cubierta, pero esta se les resistía.–Tenemos que sacarlo del nicho– dijo J.C. que empezaba a arrepentirse de haberse metido en aquel lío. No veía la forma de abrir el sarcófago. David y él no eran lo bastante fuertes para lograrlo sin ayuda pero no quería quedar como un fracasado delante de Mandy y Romina.

¿Dónde demonios se había metido Tom? No era capaz de localizarlo en medio de aquella oscuridad. –Tom, necesitamos tu ayuda para hacer palanca. ¡No seas gallina!

Por fin, de una patada certera, David consiguió abrir el ataúd. Apareció ante su vista un cuerpo vestido con algo parecido a un uniforme militar. Vio una calavera con algunos manojos de pelo claro aun adheridos al cráneo de aquel pobre infeliz fallecido en la flor de la vida.

Las chicas se acercaron lentamente hasta el cuerpo exhumado. Tom permanecía a su lado, con el rostro macilento y la expresión descompuesta. Las jóvenes se quedaron sin palabras. Era la primera vez que veían un cadáver en su vida. Se acercaron un poco más pero de inmediato retrocedieron al observar un ligero movimiento en el  interior del ataúd.

–No os asustéis, seguro que hay gusanos vivos reptando debajo de ese uniforme raído– les tranquilizó David.

Pero al mirar de nuevo los restos mortales del malogrado heredero Kensington, se dieron cuenta de que se había producido un cambio sustancial: el cuerpo había comenzado a adquirir consistencia y los huesos originalmente descarnados estaban iniciando un asombroso proceso de regeneración. Los acartonados pellejos de piel que aun rodeaban el chasis de aquel hombre se densificaban por momentos y en poco tiempo, el cráneo de ese despojo mortuorio empezó a adoptar la forma de una cabeza humana reconocible. Las cuencas de los ojos se rellenaron con nervios, venas y vasos sanguíneos. El pelo volvió a crecer de forma aterradora en el cuero cabelludo de aquel engendro mientras una masa sanguinolenta de músculos y cartílagos recubría un rostro en estado embrionario. En escasos minutos, ese ser de ultratumba iba a volver a experimentar alguna forma desconocida de vida, y quien sabe qué tipo de intenciones tenebrosas albergaría en su interior.

La cripta de la familia Kensington.

La cripta de la familia Kensington se había convertido en una trampa mortal. Fuente: Flickr.com (Licencia CC)

Los adolescentes buscaron la salida de la cripta despavoridos. Los jóvenes gritaban sin cesar pidiendo ayuda, pero sabían que se habían quedado solos. Era la noche de Halloween y todos los residentes de la localidad estaban pasándoselo en grande en la fiesta del pueblo. J.C. estaba sobrepasado por los acontecimientos y atenazado por el miedo. Había perdido el sentido de la orientación y no era capaz de encontrar el camino de salida. David rezaba sollozando por salir vivo de aquel lugar maldito mientras las chicas se abrazaban entre ellas, llorando con desesperación. Mandy se fijó en Tom, que parecía una sombra de lo que había sido hacía tan solo unos minutos. Tenía las mejillas hundidas, parecía mucho más delgado y los ojos se le estaban empezando a salir de las órbitas. Su pelo se había vuelto ralo y fosco y apenas podía sostenerse en pie. Parecía un cadáver andante.

La metamorfosis casi se había completado. Tom Williams agonizaba mientras Philip Louis Kensington volvía a la vida cien años después de perecer por una herida de bala mortal en el corazón. Aquel fastidioso duelo en defensa de la  honra de su prometida, lady Wintermer, había acabado imprevisiblemente en tragedia. Pero aquel reflejo de sí mismo que había vislumbrado justo antes de abandonar el mundo de los vivos le había rescatado definitivamente de su descanso eterno. Su alma inmortal por fin había encontrado un cuerpo en el que volver a sentir vida. Uno de los dos Philip Louis Kensington debía desaparecer para permitir la supervivencia del otro. Él había luchado más fuerte y había vencido, como de costmbre.

J.C, David, Mandy y Romina subieron a rastras las escaleras de caracol que conducían a la superficie. Sin decir una palabra, abandonaron a la carrera la mansión Kensington. Jamás volvieron a hablar de lo ocurrido la noche de Halloween en que vieron con vida por última vez a su compañero Thomas Williams Kensington III.

+info:

El doble en la literatura fantástica: el doble, o “doppelgänger”, es el antagonista irreal de un personaje vivo de ficción. Habitualmente encarna el mal, la amenaza o la muerte. Según las leyendas del norte de Europa, ver a nuestro doble es una señal que indica la llegada de nuestra propia muerte.

Otros relatos sobre dobles en la literatura fantástica:

William Wilson. Edgar Allan Poe, 1839.

¿Él? Guy de Maupassant, 1889.

El retrato de Dorian Gray. Oscar Wilde, 1890.

Microrrelato. La huida

8 Ago

Microrrelato. La huida

Autora: Samia Benaissa Pedriza

La huida

La huida. Autor: Drew Geraets (Licencia CC)

Jonás abandonó en silencio la casa amparado por la oscuridad de la medianoche. Intentó no hacer ruido al abrir la puerta del coche y encender el motor. No se sentía orgulloso de dejar solas a June y a la pequeña Margareth con las deudas acumuladas y a expensas del casero al que ya debían tres meses de alquiler. Pero tenía que huir, dejar atrás aquel pueblucho perdido en medio de la nada. Volvería a buscarlas en cuanto tuviera ocasión. Esperaba que pudieran perdonarle.

Nada había salido como habían planeado cuando June y él se conocieron cinco años atrás. Sin un trabajo estable y de alquiler en aquella vivienda destartalada solo le quedaba  en propiedad su viejo Oldsmobile del 98, un recuerdo de un pasado lejano pero esperanzador.

Jonás se convenció de que no era un cobarde, solo necesitaba tiempo para pensar, ordenar sus ideas, comenzar una nueva vida lejos de allí. Echó un vistazo por última vez al puente sobre el río Trinidad antes de enfilar la carretera comarcal hacia un destino desconocido.

La noche lo envolvió con su aire caliente y húmedo. Llevaba recorridas ochenta millas cuando el cielo comenzó a cubrirse de nubes. Sintió la resistencia del viento cada vez con más fuerza a través de la ventanilla abierta. Un relámpago azul se enroscó a lo lejos.

Conectó la radio. En la SWKY sonaba Hold on, un tema antiguo de Tom Waits: “when there´s nothing left to keep you here, when you´re falling behind in this big blue world, oh, you got to hold on”.

–Muy apropiado –pensó.

El indicador del depósito de gasolina le venía avisando desde hacía más de media hora. Tenía que repostar pronto o se quedaría tirado en medio del desierto californiano. Y lo último que deseaba era tener que enfrentarse solo a la amenazadora tormenta de verano que se estaba fraguando justo encima de su cabeza.

La tormenta eléctrica se acercaba

La tormenta eléctrica se acercaba. Autor: jwondga-d5hiz3u (Licencia CC)

Para colmo de males comprobó que el motor de su Oldsmobile se recalentaba por momentos. El vehículo tenía ya casi quince años de vida y estaba claro que no iba a aguantar mucho más. –Vamos viejo amigo, tienes que llevarme hacia un destino mejor, ¿no irás a dejarme tirado ahora, verdad? –.Un trueno rompió el silencio de la noche. Por el tiempo transcurrido entre la aparición de los primeros rayos y el sonido atronador calculó que tendría la tormenta encima en menos de una hora. Tenía que detenerse necesariamente en la próxima gasolinera que surgiera en el horizonte.

La presencia de rayos era constante en la autopista

La presencia de rayos era constante en la autopista. Autor: James Bo Insogna (Licencia CC)

Había comenzado a llover. Jonás vio a lo lejos el cartel anunciador. “Estación de servicio”, rezaba la insignia de neón. Llenaría el depósito, compraría refrigerante para el motor y se marcharía sin demora en busca de un motel cercano en el que pasar la noche. Esperaba que el dependiente no le hiciera preguntas, no estaba de humor para conversaciones nocturnas.

“Pruebe el mejor café de la ciudad. El café de Martin”, leyó en la entrada. Martin debía ser el dueño y señor de aquel tugurio de carretera con zona de repostaje.

La gasolinera apareció como surgida de la nada

La gasolinera apareció como surgida de la nada. Autor: Jim Crossley (Licencia CC)

Llenó el depósito del Oldsmobile y entró en el café-colmado para abastecerse de provisiones. Añadió unas cervezas. Iba a necesitar templar esos nervios si quería llegar sano y salvo a su destino.

–¿Algo más, señor? – le preguntó la cajera, casi una adolescente, detrás del mostrador–. –¿No quiere probar el café de Martin? Es la especialidad de la casa.

–Otra vez será.

–En realidad hace años que Martin Wilson dejó de regentar este lugar. Se jubiló y se fue a  vivir a Florida, pero su café sigue atrayendo a los clientes, ¿sabe?

Jonás asintió con desinterés. Lo último que quería era entablar una conversación con aquella locuaz y desocupada chica.

–¿Cuánto es?

–Son treinta dólares con setenta y cinco centavos, señor. Gasolina incluida. Que tenga un buen viaje.

Jonás salió del café, abrió una lata de cerveza y le dio un sorbo antes de comenzar a refrigerar el motor del Oldsmobile. Pronto se puso de nuevo en marcha. Cuarenta minutos después de dejar atrás la estación de servicio, la tormenta había dejado de ser una amenaza para convertirse en una certeza. Un cúmulo de nubes concéntricas avanzaba en la misma dirección que el Oldsmobile de Jonás, solo que mucho más rápido. Jonás se dio cuenta de que en pocos minutos el núcleo de la tempestad sobrevolaría su mismo espacio.

De pronto comenzó a llover con una intensidad inusitada. Los rayos alumbraban el paisaje desértico a un ritmo estroboscópico. Las rachas de viento azotaban sin consideración los cristales del vehículo y el estruendo que Jonás soportaba en sus oídos era infernal. Había escuchado antes historias sobre tormentas de verano, pero ninguna le resultó tan aterradora como la que estaba protagonizando en aquellos momentos.

La tormenta rotaba en superceldas encima de la carretera

La tormenta rotaba en superceldas encima de la carretera. Autor: Fir0002/Flagstaffotos (Licencia CC)

Jonás se dio cuenta de que aquella tormenta eléctrica no era usual. Demasiada energía, demasiada presión en la atmósfera, demasiada violencia. El coche comenzó a dar bandazos. No podía controlar la dirección, una fuerza incontrolable le impulsaba hacia arriba. La radio se sintonizó como por arte de magia y Hold on volvió a sonar entre el ruido ensordecedor: “Take my hand, I´m standing right here. You got to hold on”.

Sintió pánico. ¿Qué estaba ocurriendo? Su teléfono móvil no tenía cobertura, pero en la radio seguía sonando Tom Waits. –¡Para ya de tararear, imbécil!

Y de repente sucedió. – ¡Dios, no puedo ver nada, no puedo moverme, ni siquiera respirar! ¡Que alguien me ayude!

***************

Jonás se despertó en el interior del automóvil, aparcado a un lado de la carretera. Amanecía. La vista entre el cielo y la tierra del desierto californiano era espectacular. Pero Jonás estaba demasiado aturdido y desorientado para apreciarlo, no se acordaba de casi nada de lo que había ocurrido la noche anterior. Recordaba su huida y la tormenta, pero no sabía dónde se encontraba, ni como había llegado hasta allí. La autopista parecía estar en el mismo lugar en el que la había dejado la noche anterior pero no reconocía el entorno. No había ninguna señal en el camino que le indicara la localización y la interestatal estaba desierta a aquella prematura hora de la mañana. Decidió reanudar la marcha si es que su viejo Oldsmobile se lo permitía.

Los recuerdos se agolpaban en su viaje de ida por el desierto

Los recuerdos se agolpaban en su viaje de ida por el desierto. Autor: Steven Janke (Licencia CC)

Recordó haber repostado en una gasolinera. Poco a poco su cerebro se ponía en marcha, pero necesitaba una buena dosis de cafeína para despejarse por completo. Tres millas mas tarde vio la señalización métrica de la vía y una milla más adelante apareció en la distancia una estación de servicio. Necesitaba un café doble y un analgésico potente para aliviar la colosal migraña que tenía instalada en su cabeza. No recordaba haber bebido pero se sentía resacoso, como en los viejos tiempos, cuando solía emborracharse con sus colegas del instituto los fines de semana en que los Nicks jugaban en casa.

“La estación de servicio a su servicio. Abierto 24 horas”. Autor: David dbking. (Licencia CC)

“Pruebe el mejor café de la ciudad. El café de Martin”, decía la inscripción en la entrada del café de la estación de servicio. Entró en la cantina donde algunos clientes saboreaban ya los primeros cafés del día acompañados de bollos recién horneados. Un hombre de mediana edad con uniforme de camarero se dirigió a él.

–¿Qué te pongo, muchacho? ¿Uno de mis famosos cafés? Apuesto a que lo quieres solo con mucho azúcar. ¿Me equivoco?

No se equivocaba. –Gracias, tomaré un expresso.

El “jefe” se puso manos a la obra. Autor: atmtx (Licencia CC)

El “jefe” se puso manos a la obra. Autor: atmtx (Licencia CC)

El comedor  le resultaba familiar. Demasiado familiar. Había estado antes en aquel lugar. Para ser exactos la noche anterior. Le había atendido una joven dependienta tras ese mismo mostrador que sorprendentemente ahora aparecía repleto de apetitosas tortitas, bollos de canela y fragantes tartas de limón. Los taburetes y las mesas lucían mucho más nuevos de lo que le habían parecido justo unas horas antes. Pero aquel hombre no podía ser Martin. Martin estaba jubilado y vivía en Florida.

–¿No se llamará usted Martin, por casualidad? –le preguntó Jonás.

–Pues claro, chaval. Soy el fundador de este lugar. Mi café es legendario en veinte millas a la redonda. ¿No has visto el letrero al entrar?

Echó un vistazo rápido a la puerta de entrada pero sus ojos se detuvieron en otro objeto, situado del otro lado de los ventanales. Su Oldsmobile seguía esperándole. La carrocería ya no estaba abollada. El parachoques estaba nuevo a estrenar y la pintura refulgía. ¿Estaba teniendo una alucinación?

El Oldsmobile descansaba renovado de su periplo por la carretera

El Oldsmobile descansaba renovado de su periplo por la carretera. Autor: Brandon Doran (Licencia CC)

Sintió como un escalofrío le sacudía la espina dorsal. Estaba seguro de haber recorrido más de treinta millas en dirección norte después de repostar en aquella misma estación la noche anterior. Fue entonces cuando le alcanzó la tormenta.Se dio la vuelta y contempló de nuevo el lugar. La escena le resultaba irreal. Todo parecía estar en orden y sin embargo intuía que algo no encajaba del todo. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón en un intento de localizar su móvil. Había desaparecido.

–¿Puedo realizar una llamada desde su móvil? Creo que he perdido el mío –le preguntó al dueño.

–Claro, chico –le respondió este.

Martin le entregó un añejo modelo de la marca Nokia. Debía ser tan antiguo que Jonás dudó de que llegara realmente a funcionar. En aquel lugar perdido la civilización se resistía a evolucionar. Se apartó de la barra y marcó el número de June. Por casualidad fijó la vista en el espejo de detrás del mostrador. Un joven veinteañero le devolvió la mirada. El pelo castaño y rizado sujeto hacia atrás en una cola de caballo, el rostro imberbe, la camisa de cuadros de franela y el vaquero descolorido eran inconfundibles. El  tatuaje en el antebrazo derecho no dejaba lugar a dudas. Era el símbolo de los Nicks que Jonás se había tatuado en el último año de instituto.

De fondo escuchó una canción. El local tenía sintonizado el hilo musical. –”Acabáis de escuchar Hold on, el nuevo tema de Tom Waits, de su álbum Mule Variations, recién salido al mercado. Buenos días, California, soy Brad Walters, y estáis sintonizando la SWKY”–.

Jonás dejó caer el móvil y corrió hacia el expositor de periódicos.

–¿Qué día es hoy? –le gritó al dueño del establecimiento.

–Muchacho, ¿no habrás estado bebiendo? No quiero problemas en mi local.

–¿Qué día es hoy? –repitió con desesperación.

–Siete de agosto, hijo.

–¿De qué año? –Jonás gimoteó.

El hostelero enmudeció. Tras una pausa que a Jonás le resultó insoportable contestó:

–1999, por el amor de Dios, muchacho, ¿pero qué mosca te ha picado?

+ info:

Hold On, tema nominado a los premios Grammy del álbum Mule Variations, de Tom Waits (ANTI-, 1999). Duración: 4:23 minutos. Fuente Vimeo: